30 de abril de 2012

16. Volver.





I6. Volver.

Cuando llegó a su casa, en la sala estaba Pablo, con un traje negro, divino. Tres señoras lo rodeaban, tomando medidas. Sin dudas, era la prueba del traje para su boda. Sus ojos se dirigieron a los suyos, y Lali no pudo disimular un poco, su incomodidad. Al fin apareció Rocío, por supuesto alterada por la situación.

-¿Te gusta éste Ro? –le preguntó Pablo cariñosamente, cosa que sorprendió a ambas, Rocío y Lali.

-¡No, no! –Gritó mientras colocaba una mano en sus ojos, por más que intentara mirar entre sus dedos- ¡No puedo ver la ropa del novio antes del altar! 

-Es al revés –le explicó Lali- El novio, no puede ver a la novia.

-No importa, trae mala suerte igual –contestó, aún alterada, la rubia, mientras subía las escaleras y las modistas, junto con Pablo reían.

-Hola ¿No? –le dijo a el hombre, que seguía rodeado de las mujeres.

Pablo sólo suspiró y le contestó un simple “Hola”. Después se dirigió a las señoras, les comunicó cuál sería su elección, para que pudieran retirarse. Cuando ya no se encontraban en el lugar, Mariana se atrevió a hablarle.

-A mí también me gusta ese –le dijo Lali, mientras el peli claro desajustaba su corbata y sacaba su chaqueta.

-Que bueno –se limitó a responder.

-Bueno, basta –se hartó ella- ¿Qué te pasa?

-A mí, nada –le contestó, mientras subía las escaleras, cosa que ella imitó, siguiéndolo.

-¿Cómo que nada? Desde la mañana que me evitás, no me hablás, no discutís, ni te enojás. Algo te pasa –afirmó Mariana.

-Nunca lo entenderías –le dijo, mientras ingresaba a su habitación para descambiarse.

-Sí que lo entendería –insistió ella, en ese momento se desabotonaba los puños de la camisa, para luego continuar con los botones de enfrente.

-Es complicado, Mariana –trató de evadir las preguntas de Mariana, ya sin la camisa.

-Pero se trata de mí. Soy yo, ¿Hice algo malo?

-No, no hiciste nada. Soy yo el que tiene la culpa, por pensar estupideces –dijo y se sentó en la cama.

-¿A qué te referís?

-Estuve mucho tiempo pensando en cómo decirte esto.

-Decíme. Por favor –se sentó a su lado, colocando una mano en su hombro.

-Yo... –comenzó a titubear Pablo.

-¿Vos qué? –Empezó a impacientarse ella.

-Yo quería... –en ese momento no se le ocurrió otra cosa, y lo dijo, arrepintiéndose, al segundo instante- pedirte, que fueras nuestra testigo de civil.

-¿Qué? –preguntó abriendo los ojos.  

-Si no querés, puedo pedírselo a alguien más. Quisimos que fueras vos, como el testigo es un amigo... –quiso seguir, pero fue interrumpido.

-¿La amás? –Estaba parada frente a él, y le hacía la pregunta más difícil que le habían hecho en su vida.

-¿Qué es esa pregunta? No creo que... –fue interrumpido nuevamente por ella.

-Pablo, respondeme. ¿La amás… o no?

-La amo –le contestó con todo el dolor del mundo y mintiéndole.

-No la lastimes, no se lo merece. Cuidala y sean felices.  –le pidió por favor y se retiró de la habitación.

Había cometido uno de los peores errores de su vida, pero sin embargo, estaba seguro de que lo que había hecho era lo mejor. Sintiera lo que sintiera por ella, se casaría, exactamente, en un mes. Sería un cobarde, sería cuidadoso, pero no podía arruinar todo por un capricho.

Claro, amaba a Rocío, era obvio. Le había pedido que fuera su testigo, pasaron horas para que ella se negara a hacerlo. No podría, jamás lo haría. Su padre le había pedido que lo hiciera por Rocío, ella sólo le respondió que no estaba segura si asistiría a la gran ceremonia y que era un rotundo “No”.

Mariana permanecía enojada, más lo estuvo, cuando se dirigía al baño. Pasó por el cuarto de Rocío y Pablo, y oyó que la rubia mantenía una charla por teléfono. “Mariana, no tenés que escuchar conversaciones privadas”, se dijo a sí misma. “Bueno, un poco nomás”, inmediatamente acercó su oído a la puerta.

-Te prometo que vamos a volver a vernos –le decía Rocío a la persona del otro lado de la línea- Sí, yo también te extraño. Chau, chau porque me pueden escuchar. Yo también te amo Coco.

¿Coco?”, murmuró Lali por lo bajo, luego se alejó inmediatamente de su lugar, al sentir que la rubia estaba por salir. Sí todo era como ella suponía, Rocío, definitivamente, le era infiel a su futuro marido.
  
Todos en la casa estaban expectantes por el gran día. Menos, Mariana, que tomaba ese día como un día más, aunque le preocupaba toda la situación. Esa misma noche recibió otro mensaje del desconocido, mientras estaba en su cuarto.

¿Estás lista?” –le decían.

¿Para qué misterioso?” –preguntó divertida, ya se había acostumbrado a los mensajes sin remitente.

Para volvernos a ver

¿Qué tengo que hacer?” –trató de averiguar cómo sería el encuentro.

Mirar por la ventana, hermosa” –apenas terminó de leer la última palabra, se asomó al balcón de su cuarto. Lo vio y una sonrisa se le formó en su rostro. Tuvo que admitir, que en su mente, jamás había imaginado que podría ser él. Bajo corriendo las escaleras, abrió la puerta y se lanzó a sus brazos.

-Te extrañe –le dijo hundida en su pecho.

-Yo también lo hice, chiquita –le dijo dándole un beso en su cabeza.

-¿Vos? ¿Eras vos? –Le reprochó pegándole en el hombro- ¿Qué hacés acá? ¿Todos bien allá?

-Por suerte, todos estamos perfectamente, ¿Vos podés decir lo mismo? –preguntó levantando su mentón, mirándola a los ojos.

-Por supuesto –contestó con una sonrisa fingida- Me pone muy feliz que hayas vuelto.

-Me pone muy feliz volver –dijo él feliz y se volvieron a abrazar.

Pablo y Rocío miraban la escena desde su ventana del primer piso. Ella se mostraba enfadada, no podía creer que hubiera tenido el atrevimiento de presentarse con tanta anticipación para su casamiento. Si lo iba a invitar, sería por cortesía, pero la pondría de muy mal humor tener que convivir con él.

-No puedo creerlo, desubicado –seguía comentando enojada.

-¿Quién es? ¿Y por qué abraza tanto a Mariana? –preguntó Pablo intrigado.

-¿Te importa que la abrace? –indagó la rubia.

-Pregunté, me pareció raro. Nada más.

-Voy a saludar –dijo Rocío, al ver como el recién llegado ingresaba a la casa con sus maletas.

-No me dijiste quién es –le habló el peli claro, pero ella no lo oyó. Seguramente era alguien más, que se moría por ella, por más que fuera mucho mayor, o al menos, eso parecía. Sólo la imitó y bajo las escaleras atrás. Allí estaban, el rubio sentado en el sofá, Mariana, prácticamente, sobre él, mientras charlaban. Julia y Carlos, más a lo lejos, mantenían una pequeña conversación con Ana, la cocinera suplente; seguramente, dejándole en claro que deseaban para la cena.

-Parece que estamos todos –dijo la rubia mientras descendía por las escaleras.             

-¡Rubia! –Gritó el desconocido por parte de Pablo, mientras se levantaba de su lugar con los brazos abiertos- Aunque no lo creas, te extrañé demasiado. 

-No sabés lo que lamento no poder decir lo mismo –dijo tratando de apartarse cuando el rubio la abrazó.

-Vos debés de ser Pablo, el futuro esposo de la histérica –le dijo señalando a Rocío- Te compadezco –dijo riendo mientras estiraba su mano para presentarse y Pablo le dio la suya- Soy Nicolás, el amor prohibido de Marianita –dijo con una sonrisa, mientras la tomaba de la cintura a ella, que ya estaba parada a su lado.

23 de abril de 2012

15. Nada.





Mariana, se encontraba en la casa de Candela, allí estaban sus amigas. La dueña de casa, les contaba lo feliz que era con Juan Pedro, o Peter, su novio. Eugenia, les contaba lo bien que la pasaba con Nicolás, habían salido un par de veces, era divertido, simpático, y la trataba mucho mejor que Matt. Sus amigas, no se esforzaron por ocultar su alegría, y decirle que la felicitaban, que lo mejor sería que se olvidara de Matt, para poder estar bien con “el rubio musculoso”, según lo habían apodado.

-Se quiere rapar –les comentó la rubia.

-Qué bien le quedaría- dijo Candela. Mery, que se encontraba junto a ellas, asintió, afirmando lo que la flaquita acababa de decir- ¿A vos que te parece La? –le preguntó a Mariana que estaba recostada en la cama de Cande, pero ella no le respondió, no porque no quisiera, sino porque no escuchaba la conversación, su mente estaba en otra parte. 

-Lali... –le habló, nuevamente- ¡Mariana!- le gritó.

-¿Qué pasa? –le contestó, al fin, un poco alterada.

-A vos, ¿Qué te pasa? –le dijo Mery.

-A mí, no me pasa nada. ¿Por qué tendría que pasar algo? No, nada. Nada de nada –decía hablando rápido, y remarcando la palabra.

-Sí, se nota –dijo irónica Euge- Podés contarnos, somos tus amigas.

-¿Qué quieren que les cuente? No hay nada para contar –dijo la morochita evadiendo su pregunta.

-¿Pasó algo con Gas? –trató de averiguar Cande.

-No, increíblemente, Gas no es el problema.

-¿Y entonces…? –preguntaron sus amigas a coro, instándola a que les cuente, de una vez por todas.

-Es Pablo –dijo, aplastando su cabeza con un almohadón.

-¿Qué? ¿El Pablo que nosotras creemos y conocemos? –preguntó abriendo los ojos “la Flaqui”.

-Supongo que sí –respondió Lali, sutilmente. 

-¿Y qué pasó con el caño de tu cuñado? –Se metió Euge, al ver la cara seria de sus amigas se excusó- ¿Qué? Si es un caño.

-Eso no interesa –dijo Mariana desviando la situación.                                                               

-Dijiste que era el problema. ¿Qué pasa? –insistió Mery.

-No sé –le contestó complicada- No entiendo que me pasa. Lo detesté desde la primera vez que lo ví, es cheto, insoportable. Un idiota, básicamente.

-¿Se pelearon? ¿Discutiste con alguien por su culpa? –se apresuró Candela, como era casualmente.

-No, y ese el problema –sus amigas la miraron sin entender y ella prosiguió- No me pelea, no discute. Ni siquiera me presta atención. Es como si no existiera –explicó la morocha.

-Y si lo detestás, ¿No es mejor para vos? –habló la más reflexiva de las cuatro. Mery no era histérica como Euge, ni hiperactiva como Cande- Vos deberías hacer los mismo.

-Pero por favor –en ese momento hablaba la más histérica del grupo- Lali no puede hacer eso, si le encanta Pablito.

-¿Qué decís tarada? –se adelantó Lali a hablar.

-Digo la verdad. Te gusta, Esposito –le respondió la rubia dejándola en evidencia.

-¿Te gusta decir pavadas o te pagan para eso? –le respondió Lali, restándole importancia.

-Dejá de ser una negadora –le retrucaba la rubia.

-A mí me gusta Gastón y nadie más. No soy como vos que estando con Matt le histeriqueas a todos.

-Bueno, ¡basta! –era extraño que la que acabara con la pequeña discusión sea Candela y no Mery- No sé quién tiene razón, pero me hartaron.

-Perdón –dijeron la rubia y la morocha, casi al mismo tiempo.

-Gracias –se había calmado al fin Candela.

-Además, hay algo más que me hace dudar.

-Tu vida es una telenovela, nena. ¿Qué pasa? –preguntó Eugenia.

-Es Rocío. Yo creí que lo amaba, pero el otro día, la ví –dijo Lali, un poco preocupada.

-¿Qué viste? –preguntó la voz chillona de “La Flaqui”.

-Estaba con un flaco, en un bar. El pibe le daba un regalo. Y después se abrazaban. Estaban muy cerca.

-¿Vos decís que Rocío le es infiel? –preguntó interesada Mery.

-No lo sé, pero tengo mis dudas. ¿Quién le quita que no sea tan turra como la madre?

Ya le habían devuelto el auto, y podría trasladarse tranquilamente por toda la ciudad. Dejó a Eugenia en su casa y a Mery en su trabajo. Ahora, estaba rumbo a la casa de Gas, le parecía extraño que no la hubiera llamado.
Una vez que llegó, entró al edificio, tocó el portero eléctrico y no le respondieron. Supuso que no le había respondido porque no lo hacía usualmente, sólo se dirigió al ascensor, marcó el número del piso seis y caminó hasta la puerta del departamento de Gastón para luego tocar. Esperó unos segundos, y cuando dio media vuelta, creyendo que no había nadie, escuchó unos ruidos que provenían de adentro.

-Gas, soy yo, Lali. Abríme –le habló desde afuera.

-Sí, sí. Ya va –le respondió el rubio desde adentro.

Mariana esperó unos segundos, le extrañaba que demorara tanto, sólo le preguntó:

-¿Todo bien ahí? –Pero nadie le respondió, sólo escuchó los ruidos de la llave y el pasador que se abrían, luego el picaporte descendió y la cabeza de Gastón asomó por la parte superior izquierda de la puerta, sin dejar ver su cuerpo- Hola, lindo. ¿Puedo pasar? –le preguntó simpática y con una enorme sonrisa- Traje facturas –le dijo señalándole el paquete.

-Mmm… Mejor no.

-Mmm… ¿Por qué? –preguntó con una sonrisa, imitándolo.

-Porque es todo un desorden, mejor vamos a otro lado.

-Gas, soy la persona más desordenada que existe; y vos la más ordenada. Dale, no importa –dijo insistiendo, mientras intentaba empujar la puerta.

-¡Te dije que no! –gritó el rubio.

-¿Con quién estás? –le respondió, aún sorprendida por la reacción del joven.

-Con nadie. Estoy solo.

-No sabés mentir Gastón. Abríme, dale –dijo calmada y al fin el rubio se decidió a hacer lo que la morocha le estaba pidiendo hace rato.

-Pasá –decía rendido, mientras abría la puerta y le invitaba a pasar. Tenía el ojo derecho cerrado, temiendo lo que venía.

-Gas, ¿No me dejabas pasar por ésta ropa tirada? –le preguntó riendo Mariana, levantando unas remeras y ya adentro del lugar.

-¿Dónde está? –se preguntó así mismo susurrando.

-¿Qué dijiste? –preguntó Lali, mientras abría el paquete, sobre un plato, en la mesa, luego de dejar las remeras sobre una silla.

-Que comamos, no almorcé y muero de hambre –le respondió mientras se dirigía a la cocina para preparar el resto de la merienda. Su teléfono, sonó. Sólo corrió hacia este, antes de que lo atendiera la mujer y leyó un mensaje: “No te preocupes, en este momento estoy arriba de un taxi, camino a mi trabajo. Gracias. Dani.

-¿Quién es? –preguntó Lali.

-Un amigo –sólo le respondió. ¿Por qué le había mentido? Él jamás lo hacía. Si Mariana se hubiera enterado, en ese momento, lo que había sucedido con ella, seguramente, se molestaría. Pensaba en cómo había logrado salir del departamento sin ser vista, pero no pudo evitar levantar la vista, ver a Lali allí, sentada a su lado, con una sonrisa, y sentirse mal. Amaba a esa mujer, y por ahora, nada podría cambiarlo. 

15 de abril de 2012

14. La misma historia.





-No se puede confiar en nadie –comentaba Rocío después que Pablo le diera a conocer los hechos ocurridos en el día, mientras cenaban- Lo que no entiendo, ¿Qué hacías vos ahí? –le preguntó a Lali, que al fin, acudía a la cena.

-Yo… -comenzó Lali- …fui con Gastón, necesita un trabajo –le contestó, luego de pensar la respuesta correcta. Sintió como su teléfono vibraba, sólo atinó a leer el mensaje que había recibido, “Te olvidaste de mí, al menos eso parece”. Le resultó extraño que el remitente del mensaje fuera el mismo de la otra oportunidad. Supuso que lo mejor sería aclarar las cosas. Sólo respondió “Creo que estás equivocad@”.

-¿Quién es? –preguntó Pablo curioso, mientras comía un bocado.

-¡Ay! Pablo, es su vida, no la tuya –comentó divertida la rubia- ¿Te importa “su” vida? –dijo remarcando la palabra.

-Sólo pregunté –respondió él, mientras continuaba comiendo. Al ver como Mariana seguía mirando su teléfono y no había oído su pregunta le dijo- Estamos acá, cenando, ¿Podés mandarte mensajes con Gastón en otro momento? –dijo impaciente, y un poco cansado de que el rubio estuviera, aunque no físicamente, cerca de ella.

-No es Gastón –respondió la morocha cuando sí lo escuchó- Y, yo ya terminé –terminó de hablar, para levantarse de la mesa y subir a su habitación.

No estoy equivocado, vos sos Lali, ¿No?” –le habían respondido.

Para vos, Mariana. No tengo idea quien sos.” –le respondió ella de manera severa, una vez en su habitación.   

No te preocupes, me voy a tomar el atrevimiento llamarte Lali, pronto nos vamos a VOLVER a ver.” –llegaba otro y el último mensaje del desconocido y por más que Lali le mandó muchos más preguntando por su identidad, él ya no contestó. Decidió olvidarse del asunto, seguramente, sería alguien con ganas de jugarle una broma, estúpida y tonta, pero broma al fin.

Faltaban menos de dos meses para su casamiento y Rocío, no podía parar ni un segundo. Quería que todo saliera respecto al plan. Por supuesto, ya tenía el salón alquilado para la fiesta, del mejor hotel de la ciudad; sólo faltaban los últimos detalles.

Faltaban menos de dos meses para su casamiento y Pablo, no quería que llegara el día, no sabía si era por nervios, o porque simplemente, no quería casarse. Mañana sería la prueba del traje, no entendía por qué con tanta anticipación, cosa que su novia explicó, diciendo que si quería que todo saliera bien sería de ese modo. “Las cosas a las apuradas, salen mal”, le había dicho, ojalá hubiera sabido que Pablo, sí quería hacer las cosas “a las apuradas”.

Decidió tomarse una ducha, al mismo instante que ella también lo decidía.  Mientras él se desvestía en el baño, ella lo hacía en el suyo. Ambos necesitaban un baño relajante. Parecían sincronizados, los dos coincidían. Ya con el agua en sus cuerpos, Mariana pensaba en Pablo y Pablo pensaba en Mariana. Lali no entendía por qué lo hacía, odiaba lo que le había hecho y amaba tenerlo cerca; Pablo buscaba la explicación pero no la encontraba, no entendía qué sentía ni por qué lo sentía.

Pablo entró a su cuarto y vio como Rocío ya dormía. Sacó su remera y se recostó junto a ella. Sólo cerró sus ojos, aunque no podía dormir, no entendía eso que lo inquietaba, no sabía por qué de repente las cosas habían cambiado. Se levantó de la cama, y bajo a la cocina por un vaso de agua. Cuando llegó al la sala la vio. Lali estaba ahí, mirando una película, comiendo golosinas y sola. Le sorprendió que así fuera, se encontraba en la oscuridad, ya que todos dormían.

-¿Me convidás? –le dijo mientras se sentaba a su lado.

-¡Ay Pablo! –dijo ella mientras ponía una mano en su pecho, él la miró como preguntando que le pasaba- Me asustaste –le explicó, como si le hubiera entendido.

-¿De qué son? –preguntó Pablo señalando unos dulces y probándolos enseguida.

-De frutilla –le contestó sincera- ¿No podés dormir? –le preguntó sin sacar sus ojos del frente, donde se encontraba el televisor.

-Algo así. ¿Vos? –preguntó con el caramelo en su boca, mirando al frente, imitándola.

-Tampoco –dijo mientras cruzaba sus piernas, estilo indio, sobre el sofá. No añadió nada más, hasta el punto de que se formó un silencio incómodo. Mariana miraba la película, Pablo, también lo hacía, pero ninguno prestaba atención a lo que realmente sus ojos estaban mirando.

-Lali –al fin, el joven, rompía el silencio existente entre ambos. Ella sólo apartó la vista del frente, y lo miró –El otro día, hablamos, y vos me dijiste… -hizo una pausa para seguir, segundos después- …que me necesitabas y yo quería... –habló rápido, para que terminara de la misma manera. Quería confesarle lo que aquella vez, no había conseguido.

-Sí, ya sé –dijo ella, interrumpiéndolo- Igual, era un chiste. No era enserio –dijo Lali, restándole importancia.

-¿Qué? –preguntó Pablo sorprendido.

-Sí, que no creas que porque te dije “Te necesito” –dijo burlándose de sus propios dichos- en realidad, sea así –decía mientras la cara del peli claro se extrañaba cada vez más- Bueno, la verdad, sí te necesito.

-No te entiendo, ¿Hablás en serio, o no? –dijo impaciente, ante la bipolar Mariana.

-Sí te necesito –vio como Pablo sonrió, no supo por qué, si se quería burlar de ella, no lo conseguiría- Sino ¿Quién me pelearía por la última porción de pizza? –vio la cara de amargura de él, y continuó sin entender a qué se debía- ¿A quién le sacaría el turno del baño? ¿A quién siempre molestaría? –Dijo divertida- Por eso te necesito, me divierte demasiado ganarte siempre –continuó mientras reía. Pablo, no le respondía, le habló- ¿Todo bien?

-Sí, obvio –respondió, al fin, mirándola- Mejor me voy a dormir –explicó levantándose de su lugar.

-Pero la peli todavía no terminó –Lali hablaba, mientras comía y señalaba el televisor.

-Sí, pero yo no vine a ver la “peli” –le contestó él, haciendo las comillas con sus dedos, para después dar media vuelta y subir las escaleras, para dirigirse a su cuarto. “Vine a verte a vos”, pensó al mismo instante, otra vez, no se había animado.

Mariana permaneció pensativa en su lugar, se había olvidado de la película, de las golosinas, de los mensajes, de todo, menos de Pablo. Por más que, anteriormente, pensaba que se sentiría mejor después de mentirle, no era del todo así. Siempre era la misma historia.

Pablo subió a su cuarto, divisó a su futura esposa en su cama, se desvistió y se recostó junto a ella, aunque no pudo dormir por muchas horas. ¿Por qué si le había dicho que no lo necesitaba él se preocupaba tanto? Si ella no lo necesitaba, él tampoco lo haría; o por lo menos, intentaría que así fuera.


7 de abril de 2012

13. De acá a Francia.





-No me jodas –era su voz, siempre la recordaría y la reconocería -¿Qué estás haciendo acá pendeja y con este? –preguntó una vez que ya había girado, apartándola hacia un rincón, señalando a Gastón, mientras cruzaba sus brazos. Susurraba al hablar, no deseaba que toda la oficina se enterara de sus problemas, por supuesto, no quería que conocieran a “su problema”.

-Primero: “este” tiene nombre, se llama Gastón –dijo enumerando con sus dedos y susurrando al igual que él- Segundo: no soy pendeja. Tercero y último: vinimos a buscar trabajo para Gas.

-Cuarto y último –dijo Pablo levantando el cuarto dedo de la morocha- Vinieron a distraer a mi personal –dijo mostrándole como Gastón mantenía una charla con la secretaria un tanto alejado de ellos.

-¡Gastón! –gritó la morocha abriendo los ojos, por primera vez en su vida, un tanto celosa.

-¿Qué pasa? –preguntó acercándose a ellos.

-¿Venís a buscar trabajo o a chamullarte a la secretaria? –habló Lali indignada. Vio como Pablo y Gastón la miraron levantando sus dos cejas- ¡Aish! ¡Es un chiste! No se lo van a creer... ¿o sí? –preguntó tratando de disimular con una risa, lo que en realidad, habían sido celos.

-Miren, no me interesan sus peleítas –dijo Pablo, en parte, salvando a Lali- Y Gastón, disculpáme, pero no necesitamos más empleados- si la había salvado, la volvía a hundir.

-Pero Lali me dijo… -se detuvo al darse cuenta de que la morocha no había arreglado nada con su cuñado, y éste, ni siquiera estaba enterado.

-¿Qué le dijiste? –preguntó Pablo a Mariana, quien no llegó a contestarle porque fueron interrumpidos por Daniela, que le advertía a su jefe, que los funcionarios franceses ya se encontraban en el lugar.

-Bonjour –les dijo Pablo, apenas los vio llegar.

-Bonjour –respondió uno de los dos señores estrechándole la mano.

-Un plaisir de rencontrer –respondió el morocho, con una sonrisa, obviamente fingida. Amaba su trabajo, pero, éste tipo de empresarios, lo irritaban un poco. Además, se encontraba un poco nervioso, por el caos ocasionado en la agencia.

-¿Y estos quiénes son? –dijo Mariana, al ver que no entendía la conversación existente.

-Qui est elle? –preguntó uno de los señores tratando de averiguar quién era esa bella mujer que lo acompañaba.

-Elle est... –Pablo hizo una pausa para pensar la respuesta y continuó- ...mon nouveau secrétaire –explicándoles que ella era su nueva secretaria- En fait… Elle est responsable du café –sería divertido jugar con ella un rato. Le divertiría tenerla como “mucamita”.

-¿Qué les dijiste tarado? –había preguntado Lali, que había notado algo extraño en la sonrisa canchera de Pablo; pero ya era tarde, los franceses, con un español improvisado, con mezcla de inglés, le estaban pidiendo un café.

-Y para mí, whisky doble, por favor –dijo Pablo sonriendo, mientras invitaba a los señores a ingresar a su office.

-¡Borracho! –le gritó, mientras se alejaba.

-Que voulait-il dire? –preguntó un señor pidiendo la traducción.

-Que Retourne immédiatement –dijo el peli claro entrando, al fin, con los demás, diciéndoles que Mariana, regresaba enseguida.

Gastón le dijo que tenía que irse y se fue, así como si nada; ella le había rogado que no la dejara sola, pero éste le había comunicado que tenía sólo el resto de la mañana para conseguir el trabajo, que ella no había podido conseguir. Le preguntó a Daniela que debía hacer, pero ella, aprovechando que Pablo no la había tomado a ella, ni pedido nada, anunció que era su descanso y que no podría ayudarla, sin más, abandonó el lugar. “Estoy en el horno”, pensó Mariana, aunque después se autocorrigió “Está en el horno”. Se dispuso a preparar el café que le habían pedido, si quería vengarse, tendría que hacerlo.

-Acá están los cafecitos –dijo Mariana, entrando con una sonrisa y la bandeja, a la oficina de Pablo, por supuesto sin golpear.

-La próxima vez, tocá, por favor. Podríamos estar tratando algo importante –la reprimió cordialmente Pablo.

-No te preocupes por ser amable, no me entienden a mí, tampoco a vos –dijo mientras dejaba la bandeja sobre la mesa.

-Uno para usted –dijo entregando uno de los cafés a uno de los hombres- Otro para usted –dijo dando otro- Y el último para vos… idiota –dijo casi tirándoselo encima.

-Yo no te pedí esto, Mariana –le habló “su jefe”, por el resto de la hora.

-Yo sé lo que me pediste, pero no tenía ganas de traerlo –dijo esto y regalando otra de sus características sonrisas, se retiró.

-Est Belle –comentó uno de los presentes, mientras miraba su “espalda”, mientras se iba.

-Est sympathique –ironizó Pablo, cosa que los hombres no notaron, se atrevían a mirarla descaradamente, cosa que él hacía cuando nadie lo advertía. Así culminó la charla sobre “ella”, para continuar con la reunión.

Necesitaba convencerlos por completo, y si todo seguía como hasta el momento, seguro lo conseguiría. Los había dejado solos en su oficina, para que lo charlaran a solas, por más que el peli claro, intentara escuchar a través de la puerta que es lo que decían.

-¿Sabías que es de mala educación escuchar detrás de las puertas? –Apareció Lali, tras él- Además de, prácticamente obligarme a ser tu secretaria, cosa que me vas a tener que pagar. Te aviso –le advirtió.

-¿Te podés callar? Estoy nervioso –dijo poniendo sus manos en los hombros de la morocha, haciendo que se moviera.

-¿Estás nervioso por qué tenés miedo de lo que te diga tu viejo… -preguntó mirando la cara de enojo de Pablo…- o porque estos tipos te van a estafar?

-¿Qué decís? ¿Cómo me van estafar?- dijo descreído- Y encima a mí.

-Pablo, son chantas. Hasta yo me dí cuenta como me miraban –dijo obvia- Hablarán mucho francés, pero son argentos, de acá a la China y a Francia también.

-Mariana, no digas estupideces –dijo escéptico. Si había notado como la miraban esos desconocidos, y sólo en una oportunidad, seguramente lo habría advertido de él. No sabía por qué en ese momento, le importaba más eso que lo que su cuñada le advertía. Después de decir esto se fue en otra dirección, Mariana, no supo a dónde, ese lugar era enormemente gigante.

La puerta estaba allí, del otro lado, los “chantas”, según los había apodado ella. Simplemente la atravesó, no podía hacer más. Decidió ser su secretaria para vengarse, pero, finalmente, lo haría para ayudarlo.

Cuando Pablo ingresó a su oficina para, después de todo, firmar el contrato, vio lo que jamás imaginaba que iba a ver. Allí estaban los, aparentemente, franceses, con sus whiskys en la mano, sumamente borrachos. Al frente de ellos Mariana, quien sentada en su silla, había desprendido los primeros botones de su camisa, dejando ver su corpiño, logrando lo que quería. “Que buena que estás” “Te parto”, se los escuchaba decir.

-Te lo dije Pablito –dijo parándose y acercándose a él, cosa que hizo que éste no pudiera evitar mirar un tanto debajo de su cara- Estos son argento, de acá a Francia.

1 de abril de 2012

12. Martínez Stock Company.




Ya era viernes. Desde que Carlos, el padre de Lali, la había echado de su casa, con decenas de chicos más, no había vuelto a ver a Matt. Pero, a quien sí había visto era a Nicolás, el rubio musculoso, que la había vuelto loca desde que lo conoció. Durante la semana habían frecuentado los mismos lugares, bares, shoppings y tiendas. No sabía si la estaba siguiendo o, simplemente, era el destino; pero en definitiva, a Euge le encantaba que esto sucediera.

Que lo necesitara no había cambiado nada, por lo menos a la vista de todos. Era público que se detestaban, por más que en el fondo no fuera del todo así. Habían pasado varios días de la discusión padre e hija, pero la relación, que mejoraba de a poco, irónicamente, no era de las mejores. Mariana seguía sin frecuentar las comidas familiares, ya había regresado Julia, y el pésimo trato que con ella llevaba a cabo, era una excelente excusa para no presenciarlas. El motivo, en realidad, era Pablo, no sabía el por qué, pero la ponía nerviosa tenerlo cerca. Jamás la había intimidado un hombre, mucho menos de sus características, pero tendría que demostrarle que no era demasiado enserio lo que le había confesado, que no lo necesitaba tanto como él creía.

-¿Cuántas veces te tengo que decir que si usás el peine lo dejás en el baño, o, en su defecto en tu cuarto? No, en el sofá –se quejaba Pablo de lo desordenada que era Lali con el cepillo de ella agitándolo en su cara.

-¿Y cuántas veces te tengo que decir que vos no sos mi papá para decirme lo que tengo que hacer? –dijo sacándole el cepillo de sus manos para peinar su cabello, luego tirarlo en el sofá y subir las escaleras. Le divertía molestarlo demasiado.

-Te voy a matar pendeja –alcanzó a gritar Pablo para que ella lo escuché, sólo oyó su risita burlona, mientras, no sabiendo el por qué, también reía.

Se estaba preparando para ir a anotarse a la universidad, había decidido tomar en cuenta la propuesta de su padre de comenzar a estudiar, aunque no sería lo que éste mismo preferiría. Seguramente querría matarla cuando se enterara que le estaría pagando la carrera de “Diseño gráfico”, pero ya sería demasiado tarde, y ya estaría tan instalada con la carrera, que sería imposible volver atrás. No sería abogada, ni le interesaría la política, tampoco sería diputada, ni presidenta, como Carlos esperaba; le maravillaba que fuera así. Tampoco sería cantante, lo que más soñaba, y por más que no le maravillaba que fuera así, debía entenderlo.

Mariana tomó su bolso como era costumbre, pidió prestado el auto a su padre, quien se lo prestó de manera cordial y muy fácilmente, cosa que extraño a Lali, ya que la relación había mejorado, pero jamás era tan confiado, en especial con ella. Lo bien que hacía, pensaba ella, cada vez que metía la pata. Ya estaba por arrancar, pero no lo hizo sin antes revisar su teléfono, le asombró no tener ninguna llamada de Gastón. Sólo leyó “2 mensajes nuevos”, ninguno era de parte de Gas, uno se refería a una de las tantas promociones de su compañía celular, el otro era de un número desconocido, y que sólo decía: “Espero que no te hallas olvidado de mí.” Sonrió pensando que sería equivocado, lo puso en silencio para no ser interrumpida, arrancó el auto y se dispuso a ir a su destino.

Otro día de oficina, su secretaria le había comunicado la reunión que tendrían con unos empresarios franceses, que llegarían en dos horas. Se maldijo así mismo, cuando recordó haberle pedido a su padre que lo lleve a clases de francés. Sería el único en el lugar que hablara el idioma, y no podría zafarse de la reunión, más con su padre presente, que ocupaba el cargo, ni más ni menos, del presidente, de  Martínez Stock Company. Ambos, su tío y su padre, habían fundado la gran empresa, y acrecentaban, día a día, la fortuna familiar. Lo mismo, esperaban en un futuro de Pablo, quien, poco a poco, se transformaba en una figura más parecida a la de su padre.

-Muchas gracias –agradecía Lali a la señora que había tomado sus datos, mientras se alejaba a la salida. En ese instante recordó lo que Gastón le había comentado hace días. El rubio necesitaba un trabajo, y que mejor, hacerlo en la empresa de su cuñado.

No necesitó alejarse mucho de la zona, se detuvo por unos segundos en la puerta del edificio donde vivía Gastón, luego lo llamó, pidiéndole que bajara, no tardó demasiado en hacerlo, y subir al vehículo para preguntar qué era lo que pasaba.

-Vos hace unas semanas, me dijiste que necesitabas un trabajo ¿No? –comenzó a explicarle.

-Sí ¿Y…? –dijo impaciente el chico rubio.

-Creo que puedo ayudarte –dijo canchera, mientras ponía en marcha el auto. Estaba contenta, sabía, más bien, tenía el presentimiento, de que se divertiría.

Habían llegado a “MSC”. Creía que Gastón podría ser un buen cadete, y se lo comunicó a él, comentándole, que seguramente, Pablo tendría el agrado de pagarle un buen sueldo y que por supuesto, ella ya se lo había comunicado. En un comienzo, el rubio se asombró un poco, Lali no era de hacer favores muy a menudo, más bien, nunca los hacía. Ella jamás le había manifestado que no lo amara, pero sus actitudes eran exactas, siempre evitaba que fueran vistos y evadía con excusas rápidas e incoherentes, cada propuesta de su parte de ser algo más que ese “algo” que eran. Y hoy, había llegado a confundirse, creyendo que esos gestos, provenían de algo más fuerte. Tal vez, eran de amor.

Estacionaron frente al imponente lugar, Mariana muchas veces había pasado por allí, sin detenerse demasiado en los detalles, pero jamás había visto detenidamente las cosas. Realmente, dudaba si aceptarían a Gastón y si no hubiera sido mejor llevarlo a otra parte. Ya estaban en tierra, el rubio se había adelantado un poco.

-¿Vamos? –preguntó Gastón estirando su mano, ya que ella se había retrasado unos pasos.

-Vamos –le afirmó estirando la suya y tomándolo, para conducirlo dentro del lugar.

Ya se encontraban dentro, aún tomados de la mano, cual pareja. Era imposible que los registrara. Había una única secretaria, de tez blanca y pelo corto, morocho, no era del todo alta, pero fácilmente le ganaba a Mariana en altura; corría de acá para allá, atendiendo teléfonos, fax y correos electrónicos.

-Disculpáme –había tratado de llamar su atención Lali.

-Sí, no se preocupe, yo se lo comunico –le decía al teléfono, o a la persona del otro lado del tubo ¿Acaso no la escuchaba? Ahora había cortado, tendría que atenderla.

-Buenas tardes. Mi amigo y yo veníamos... –dijo levantando la voz, pero, fue interrumpida por otro teléfono.

Había dicho “Mi amigo”, ¿Tanta vergüenza le daba? ¿Tan poco lo valoraba? En ese momento, a Gastón, no le importó. Sabía que estar junto a ella lo lastimaba, pero… ¿Qué podría hacer?, sin ella no podría vivir.

-Buenas tardes. ¿Qué necesita? –preguntó cordialmente la mujer.

-Cómo le dijo ella, nosotros vinimos... –Gastón se detuvo al escuchar a la mujer volver a hablarle al teléfono.

-Sí, no se preocupe, lo volvemos a llamar. Si no recibe la llamada en veinticuatro horas, atendemos sus reclamos. Adiós. Buenas tardes.

-Escuchame una cosa flaca, estamos parados acá y no nos registrás. ¿Podés parar un poco con los telefonitos y darnos bola? –Lali era fácilmente irritable, y ser ignorada era una de las cosas que la ponía de excesivo mal humor.

-Te pido disculpas, es que no puedo con todo. Es mucho para mí –le explicaba la secretaria que por primera vez, empezaba a ignorar algunos de los llamados.

-Sí, ¿No? –Dijo Lali con un poco de culpa por haberle gritado de ese modo mirando al joven que la acompañaba, Gas sólo le asintió- Una pregunta, de curiosa. ¿Por qué no le pedís a tu jefe que consiga más personal, o que, mínimo, te dé un aumento?

-No podría pedírselo, no me daría la cara –dijo con cierta timidez, la joven.

-Lo que es justo, es justo –culminó Gastón, Lali sólo asintió. Los tres ignoraban los teléfonos que no paraban de sonar.

-¡Daniela! –gritaron del fondo con enojo, para que de pronto, la voz tuviera cara y cuerpo, obviamente, los de Pablo- ¿Me querés decir que son todos esos teléfonos sonando?

-Definitivamente, estás muy nervioso –dijo altanera enarcando una ceja, por más que no pudiera verla, ya que estaba a sus espaldas.