I6.
Volver.
Cuando llegó a su casa, en la
sala estaba Pablo, con un traje negro, divino. Tres señoras lo rodeaban,
tomando medidas. Sin dudas, era la prueba del traje para su boda. Sus ojos se
dirigieron a los suyos, y Lali no pudo disimular un poco, su incomodidad. Al
fin apareció Rocío, por supuesto alterada por la situación.
-¿Te gusta éste Ro? –le preguntó Pablo cariñosamente, cosa que
sorprendió a ambas, Rocío y Lali.
-¡No, no! –Gritó mientras colocaba una mano en sus ojos, por más que
intentara mirar entre sus dedos- ¡No
puedo ver la ropa del novio antes del altar!
-Es al revés –le explicó Lali- El
novio, no puede ver a la novia.
-No importa, trae mala suerte igual –contestó, aún alterada, la
rubia, mientras subía las escaleras y las modistas, junto con Pablo reían.
-Hola ¿No? –le dijo a el hombre, que seguía rodeado de las mujeres.
Pablo sólo suspiró y le contestó
un simple “Hola”. Después se dirigió
a las señoras, les comunicó cuál sería su elección, para que pudieran
retirarse. Cuando ya no se encontraban en el lugar, Mariana se atrevió a
hablarle.
-A mí también me gusta ese –le dijo Lali, mientras el peli claro
desajustaba su corbata y sacaba su chaqueta.
-Que bueno –se limitó a responder.
-Bueno, basta –se hartó ella- ¿Qué
te pasa?
-A mí, nada –le contestó, mientras subía las escaleras, cosa que
ella imitó, siguiéndolo.
-¿Cómo que nada? Desde la mañana que me evitás, no me hablás, no
discutís, ni te enojás. Algo te pasa –afirmó Mariana.
-Nunca lo entenderías –le dijo, mientras ingresaba a su habitación
para descambiarse.
-Sí que lo entendería –insistió ella, en ese momento se desabotonaba
los puños de la camisa, para luego continuar con los botones de enfrente.
-Es complicado, Mariana –trató de evadir las preguntas de Mariana,
ya sin la camisa.
-Pero se trata de mí. Soy yo, ¿Hice algo malo?
-No, no hiciste nada. Soy yo el que tiene la culpa, por pensar
estupideces –dijo y se sentó en la cama.
-¿A qué te referís?
-Estuve mucho tiempo pensando en cómo decirte esto.
-Decíme. Por favor –se sentó a su lado, colocando una mano en su
hombro.
-Yo... –comenzó a titubear
Pablo.
-¿Vos qué? –Empezó a impacientarse
ella.
-Yo quería... –en ese momento
no se le ocurrió otra cosa, y lo dijo, arrepintiéndose, al segundo instante- pedirte, que fueras nuestra testigo de
civil.
-¿Qué? –preguntó abriendo los
ojos.
-Si no querés, puedo pedírselo a
alguien más. Quisimos que fueras vos, como el testigo es un amigo... –quiso
seguir, pero fue interrumpido.
-¿La amás? –Estaba parada frente
a él, y le hacía la pregunta más difícil que le habían hecho en su vida.
-¿Qué es esa pregunta? No creo
que... –fue interrumpido nuevamente por ella.
-Pablo, respondeme. ¿La amás… o
no?
-La amo –le contestó con todo el dolor del mundo y mintiéndole.
-No la lastimes, no se lo merece.
Cuidala y sean felices. –le pidió
por favor y se retiró de la habitación.
Había cometido uno de los peores errores de su vida, pero sin embargo,
estaba seguro de que lo que había hecho era lo mejor. Sintiera lo que sintiera
por ella, se casaría, exactamente, en un mes. Sería un cobarde, sería
cuidadoso, pero no podía arruinar todo por un capricho.
Claro, amaba a Rocío, era obvio. Le había pedido que fuera su testigo,
pasaron horas para que ella se negara a hacerlo. No podría, jamás lo haría. Su
padre le había pedido que lo hiciera por Rocío, ella sólo le respondió que no
estaba segura si asistiría a la gran ceremonia y que era un rotundo “No”.
Mariana permanecía enojada, más lo estuvo, cuando se dirigía al baño. Pasó
por el cuarto de Rocío y Pablo, y oyó que la rubia mantenía una charla por
teléfono. “Mariana, no tenés que
escuchar conversaciones privadas”, se dijo a sí misma. “Bueno, un poco nomás”, inmediatamente
acercó su oído a la puerta.
-Te prometo que vamos a volver a
vernos –le decía Rocío a la persona del otro lado de la línea- Sí, yo también te extraño. Chau, chau
porque me pueden escuchar. Yo también te amo Coco.
“¿Coco?”, murmuró Lali por lo
bajo, luego se alejó inmediatamente de su lugar, al sentir que la rubia estaba
por salir. Sí todo era como ella suponía, Rocío, definitivamente, le era infiel
a su futuro marido.
Todos en la casa estaban expectantes por el gran día. Menos, Mariana, que
tomaba ese día como un día más, aunque le preocupaba toda la situación. Esa
misma noche recibió otro mensaje del desconocido, mientras estaba en su cuarto.
“¿Estás lista?” –le decían.
“¿Para qué misterioso?”
–preguntó divertida, ya se había acostumbrado a los mensajes sin remitente.
“Para volvernos a ver”
“¿Qué tengo que hacer?” –trató
de averiguar cómo sería el encuentro.
“Mirar por la ventana, hermosa”
–apenas terminó de leer la última palabra, se asomó al balcón de su cuarto. Lo
vio y una sonrisa se le formó en su rostro. Tuvo que admitir, que en su mente,
jamás había imaginado que podría ser él. Bajo corriendo las escaleras, abrió la
puerta y se lanzó a sus brazos.
-Te extrañe –le dijo hundida
en su pecho.
-Yo también lo hice, chiquita
–le dijo dándole un beso en su cabeza.
-¿Vos? ¿Eras vos? –Le reprochó
pegándole en el hombro- ¿Qué hacés acá?
¿Todos bien allá?
-Por suerte, todos estamos perfectamente, ¿Vos podés decir lo mismo? –preguntó
levantando su mentón, mirándola a los ojos.
-Por supuesto –contestó con una sonrisa fingida- Me pone muy feliz que hayas vuelto.
-Me pone muy feliz volver –dijo él feliz y se
volvieron a abrazar.
Pablo y Rocío miraban la escena desde su ventana del primer piso. Ella se
mostraba enfadada, no podía creer que hubiera tenido el atrevimiento de
presentarse con tanta anticipación para su casamiento. Si lo iba a invitar,
sería por cortesía, pero la pondría de muy mal humor tener que convivir con él.
-No puedo creerlo, desubicado –seguía comentando enojada.
-¿Quién es? ¿Y por qué abraza tanto a Mariana? –preguntó Pablo
intrigado.
-¿Te importa que la abrace? –indagó la rubia.
-Pregunté, me pareció raro. Nada más.
-Voy a saludar –dijo Rocío, al ver como el recién llegado ingresaba
a la casa con sus maletas.
-No me dijiste quién es –le habló el peli claro, pero ella no lo
oyó. Seguramente era alguien más, que se moría por ella, por más que fuera
mucho mayor, o al menos, eso parecía. Sólo la imitó y bajo las escaleras atrás.
Allí estaban, el rubio sentado en el sofá, Mariana, prácticamente, sobre él,
mientras charlaban. Julia y Carlos, más a lo lejos, mantenían una pequeña
conversación con Ana, la cocinera suplente; seguramente, dejándole en claro que
deseaban para la cena.
-Parece que estamos todos –dijo la rubia mientras descendía por las
escaleras.
-¡Rubia! –Gritó el desconocido
por parte de Pablo, mientras se levantaba de su lugar con los brazos abiertos- Aunque no lo creas, te extrañé demasiado.
-No sabés lo que lamento no poder decir lo mismo –dijo tratando de apartarse
cuando el rubio la abrazó.
-Vos debés de ser Pablo, el futuro
esposo de la histérica –le dijo señalando a Rocío- Te compadezco –dijo riendo mientras estiraba su mano para
presentarse y Pablo le dio la suya- Soy
Nicolás, el amor prohibido de Marianita –dijo con una sonrisa, mientras la
tomaba de la cintura a ella, que ya estaba parada a su lado.




