25 de marzo de 2012

11. Perfectamente imperfectos.



En varias ocasiones la había observado llorar, sabía que no le agradaba que la vieran, por eso jamás se lo había dicho y evitaría mencionárselo. Admiraba a esa mujer, fuerte por fuera, y por ahora, fuerte por dentro. También sabía, que aliviaba las penas cantando, y lo que no sabía era por qué no le mostraba ese talento al mundo. Definitivamente, era buena en todo lo que hacía o se propusiera. Por primera se vez, juntó valor y se animó a consolarla.

-¿Estás bien? –había preguntado, apenas ingresó al cuarto de la morocha. Lali se encontraba con la cabeza entre sus piernas, mientras sus brazos rodeaban las mismas. Obviamente, estaba llorando.

-¿No sabés tocar? –le preguntó levantando la mirada, ignorando su pregunta.

-No estás bien –afirmó Pablo, ahora él, ignorando su pregunta.

-¿Te importa? –lo interrogó esquiva, sin abandonar su posición.

-Sí, por supuesto –le confirmó para sorpresa de Mariana- ¿Querés que te traiga un vaso con agua? –le ofreció cordialmente.

-Estoy bien, no necesito nada –hablaba tratando de disimular lo que la apenaba- Ni de vos, ni de nadie. Estoy perfecta. No por una estúpida discusión me voy a caer –jamás iba a admitir que no se encontraba perfecta. Siempre que le preguntaban cómo estaba ella les respondía “Perfecta”. ¿Quién no iba a creerlo? Siempre su sonrisa ocultaría cualquier malestar que la abrumara.

-Entendelo Mariana, no sos un superhéroe –le decía, sentándose en la orilla de la cama-, no sos indestructible.

-¿Qué sabés vos de lo que me pasa o lo que siento? Nunca me entenderías –por más que intentara no demostrarlo, sabía que Pablo tenía razón, sin embargo su orgullo no permitía admitirlo.

-Aunque no lo creas, te entiendo. Entiendo el dolor que estás pasando, pero no puede ser así toda tu vida –hablaba calmado y mirándola a los ojos, el verde y el marrón se había conectado de manera única, cosa que hacía que a Lali se le fuera, de a poco, el papel de “fuerte”.

-¿Vos pretendés que yo me olvide de mi vieja? Nunca lo haría.

-No pretendo que la olvides, sólo que la dejes ir, ella va a estar bien si vos lo estás –acariciaba su rostro, secando algunas de las lágrimas que brotaban de los ojos de la muchacha, mientras la tomaba entre sus brazos.

-Pero yo no puedo estar bien si ella no está conmigo. Y sé que lo que pasó no se puede cambiar, que fue el destino, que así es la vida. La vida es muy injusta, y mucho más con la buena gente –explicaba llena de impotencia, mientras se secaba las lágrimas con su puño. No sabía si era él o sólo el momento propicio, necesitaba soltar todo y Pablo era la única persona que estaba allí para escucharla.

-Tenés razón, es así, la vida es muy injusta, pero también es maravillosa –el morocho se encontraba sorprendido por la chica sensible que había descubierto, en realidad no era indiferente, sí tenía corazón y uno de los más dulces que había conocido.

-Se la llevó, de la nada, sin despedirme. No pudimos hacer nada –seguía con esa bronca contenida de tantos años- ¿A quién le importó? Era una nena, tenía ocho, y no podía entenderlo. Tenía a mi viejo, pero una mamá, es una mamá –se había alejado de Pablo, en ese momento se encontraban cara a cara, frente a frente.

-A ella la necesitan allá, pero a vos... –dijo señalándola y acercándose más a ella, casi a sus labios- …te necesitan acá.

-¿Y quién me necesita? –Le preguntó buscando una respuesta que, suponía, no tardaría en llegar.

-Tus amigas, tu viejo –dijo alejándose unos centímetros, aunque no lo suficiente para que Mariana no quisiera besarlo.

-¿Nadie más? –Quería que se lo dijera, se encontraba calmada y tranquila, como pocas veces. 

-Rocío –al ver la cara de descreída de la morocha prosiguió-, estoy seguro de que te necesita.

-¿Y… nadie más? ¿Alguien?

-Gastón, él te necesita más que nadie –no podía atreverse, se moría por decirle que era él el que la necesitaba más que nadie, pero… ¿qué pensaría ella? Entendería mal las cosas, como aquella oportunidad en el boliche. Sólo se remitió a evitarlo.

-Pero... –no podía creer que no la necesitara, estaba segura de que si él se hubiera atrevido a decírselo, ella también lo haría. Pablo se había levantado de su lugar y se dirigía a la puerta. Lali supo que no diría nada más entonces se apresuró a hablar.

-Pablo –espero a que el muchacho girara para verla y continuó- Gracias por todo. Me hizo bien hablar con vos –ya estaba serena, no lloraba y tenía una sonrisa ligera en sus labios.

-No te tenés nada que agradecer. Hice lo que cualquiera hubiera hecho.

-No, no sos cualquiera – ¿cómo lo hacía? Con una simple palabra lo inquietaba, lo apasionaba- Y por más que vos no a mí –dijo mientras se acercaba a él, y adelantándose, cruzaba el marco de la puerta. Lo miró a los ojos y le tocó el hombro-, yo sí te necesito.

Luego de la característica sonrisa, Pablo la vio alejarse. Se dirigía al baño, y allí estaba él, estático, mudo. ¿Qué tenía? Era maravillosa por fuera, y hoy había descubierto, que también lo era por dentro. Lo comprendía a Gastón, quien no podría enamorarse de ella, era perfecta.

-Ya también te necesito –era tarde, ella ya no lo escuchaba. Ella se había animado, y nada había cambiado. ¿Por qué él no había podido hacerlo? No sabía si era mejor que así fuera, pero en ese momento, se sentía un cobarde. Lali era increíble, y por más que todavía no lo supiera, se estaba enamorando.  

Se encontraba encerrada en el baño, no quería salir, por primera vez en su vida, sentía vergüenza. ¿Qué le había dicho? ¿Que lo necesitaba? Lali quería salir corriendo y desdecirse, aunque ni siquiera ella misma lo iba a creer si lo hacía. No sabía si lo que había pasado era lo mejor, pero en ese momento, se sentía una tarada. Pablo no la necesitaba, aún así, era increíble, y por más que todavía no lo supiera, se estaba enamorando.

No lo entenderían en ese momento, pero cualquier extra lo haría, a lo mejor era química, tal vez, deseo; lo que fuera no era lo importante, lo importante simplemente era que existía. Nadie podría negarlo jamás, eran, perfectamente imperfectos, el uno para el otro.

18 de marzo de 2012

10. Siempre juntos.




-Que fiestita armaste –le dijo Gastón al oído, mientras reía. Ella no reía.

-Callate que estoy en problemas –dijo lamentándose.

Mientras que en el auto de Pablo, él y Rocío, mientras regresaban, mantenían una conversación con respecto a lo sucedido minutos antes en el casamiento.

-No puedo creer que el novio la dejó así –decía indignada la rubia- un descarado, al menos, se lo hubiera dicho antes. No, espero comerse y tomarse todo, y después la dijo que no la quería –comentaba. 

-Hay que entenderlo al flaco, puede ser que se dio cuenta de lo que no sentía, en ese momento –dijo defendiéndolo.

-No seas machista Pablo, y no lo defiendas. Fer debe estar destruida, pobrecita –decía colando sus dedos índice y pulgar, en su entrecejo.

-No es ninguna santa, tu amiguita. Debe estar sacando cuentas de la guita que le va a sacar con la separación de bienes –dijo el joven revoleando los ojos.

Rocío sólo lo miró, ¿qué le pasaba?, después de semanas de comportarse extraño, pensaba que ya no sería así, pero eso no ocurría. Se quedó en silencio, sólo esperaba que Pablo no tuviera en su cabeza las mismas ideas que el novio de Fernanda.

-Involucraste a Mario, a todas tus amigas. No respetás nada –le gritaba su padre.

-No lo eches a Mario, no tuvo nada que ver. Lo manipulé –dijo con una sonrisa, orgullosa de lo que acaba de contar a Carlos.

-¿Y cómo explicás el hecho de que estabas con ese tipo en mi habitación? Repito, no me respetás.

-Se llama Gastón y lo sabés muy bien –le explicó- Además, se suponía que volvías dentro de un mes –le recriminaba Mariana a su padre, como si fuera una excusa válida para hacer la fiesta.

-Y se suponía que no ibas hacer nada más. En eso habíamos quedado –estaban encerrados en su estudio, que se encontraba en su misma casa. Carlos, había echado a todas las personas que se encontraban en la fiesta de hace unas horas.

-No digas eso como si siempre cumplieras tus promesas –todavía se acordaba. “Siempre juntos”, le había prometido su padre en el funeral de su madre; de alguna u otra manera, sentía que su padre, había faltado a su promesa.

Flashback:

Allí estaba Mariana, abrazada a la pierna de su padre, aún no soportaba el dolor, tenía ocho años, y su primera pérdida se hacía notar. Le dejaba flores por primera vez, su padre le había explicado lo que había sucedido: Mamá había muerto, ya no volvería, y aunque le aseguró que ella estaba en un lugar mejor, no creía que esa tumba fuera ese lugar.

Veía la foto en la lápida, quería que no sea su madre, quería que estuvieran otra vez juntos y así se lo comunicó a su padre.

-Siempre juntos hija, no importa lo que pase –la consoló de la mejor manera posible, mientras se agachaba para quedar a su altura- quien llegue o quien se valla, nada nos va a separar. Te lo prometo.

Simplemente se abrazaron, Lali no lloraba, no iba a llorar. Sólo miró con tristeza, un tanto desilusionada con Dios, le había arrebatado lo más importante en su vida, su familia, y no estaba en sus pensamientos perdonar, ni olvidar.

Fin del flashback.

-No te entiendo Mariana, tenés de todo, no te falta nada. ¿Por qué te comportás de ésta forma? –decía sin comprender demasiado lo que le sucedía a su hija.

-¿Vos creés que con plata y lujos la vida es mejor? –Hizo una pausa para seguir, ahora gritando más fuerte- ¿Enserio pensás eso? Toda la vida preocupándote por tu estudio de abogados, ahora, por tu carrera política. Estoy cansada de eso. No te das cuenta que hace diez años que no sos el mismo. Desde que mamá murió, me quedé sola y todo es una mierda.

-No digas eso, yo estoy con vos, y siempre voy a estar.

-No me mientas, cualquier cosa para vos es más importante que yo; hasta tu querida Julia, y Rocío también, ¿No? Te hubiera encantado que tu hija fuera ella. Es la hija que siempre soñaste –al ver a su padre llorando y que sólo negaba con su cabeza continuó- No me podés contestar porque sabés que tengo razón, y claro, abogada; podría secundarte en la presidencia, ¿No te parece? –ironizó.

Basta Mariana, hice lo que pude!

-Pudiste poco. Te olvidaste de mamá, ni siquiera vas a visitarla. Si yo no fuera, ¿Quién mierda le llevaría flores? Apenas se fue, te casaste con otra, eso no es amor.

-Me podés decir de todo, menos que no amé a tu madre, todavía la amo. Las amo –dijo dolido.

-¿Me estás cargando? No te creo. Nos olvidaste, a mí y a ella. No somos importantes, admitilo –en ese momento lloraba.

-No admito nada, porque no es cierto. Todo lo que hago es por vos, hija, para que tengas todo lo que yo no pude tener cuando tenía tu edad –en ese momento, Carlos, gritaba más fuerte que su hija.

-Te confundís. Vos a mi edad, eras huérfano, y yo también lo soy –se fue de la habitación hecha una furia, las lágrimas brotaban de sus ojos, allí se encontró con Pablo y Rocío, que habían llegado hace unos minutos, y seguro habían oído la gran discusión, los miró y subió corriendo las escaleras dirigiéndose a su cuarto.

Pablo y Rocío observaban la situación a lo lejos, se miraron y procuraron quedarse en silencio, la incomodidad, era enorme. Ella quería preguntarle a Carlos dónde estaba su madre, sin embargo Pablo le recomendó que no lo hiciera y que en su lugar la llamara a ella. Julia, su madre, le había comunicado que por una cuestión de negocios, su marido, había tomado la determinación de regresar y ella lo haría en unos días. 

Mariana, se encontraba encerrada en su cuarto, tirada boca abajo en la cama, no deseaba ver a nadie, la necesitaba, necesitaba un abrazo de ella. Sólo pudo girar, sentarse y abrazar sus rodillas agachando su cabeza, seguía escondiendo sus lágrimas, como si fuera posible no notar que estaba, realmente, mal. Todos en la casa, estaban enterados de la pelea, y por más que estuvieran acostumbrados a sus eternas discusiones, era la primera vez que discutían de tal modo, y de alguna u otra forma los preocupaban.

Ya de pequeña, se hacía la fuerte, no quería llorar, en realidad, no deseaba que la vieran llorar. Era su mayor defecto y, al mismo tiempo, su mayor virtud. No se sentía débil, ante nadie, pero necesitaba soltar el dolor que había guardado desde la partida de su madre. La había perdido, y no había vuelta atrás. Necesitaba dormir, y sin embargo, no lo lograba, quería llorar. Llorar toda la impotencia, el dolor, que le provocaba no tenerla cerca. Sólo lo hacía en silencio, cuando nadie la veía, y por más que en ésta oportunidad creyera que así lo estaba, alguien la observaba, a lo lejos.

15 de marzo de 2012

9. Hay fiesta.



La semana había pasado demasiado rápido. En minutos Rocío y Pablo partirían para el casamiento de Fernanda, que se realizaría en una estancia, un tanto alejado de la ciudad. La rubia lo había terminado de convencer, diciendo que sería una buena oportunidad para la empresa del padre de Pablo, ya que asistirían los empresarios del rubro, más importantes del país. Su prometido, un obsesivo del trabajo, aceptó sin problemas.

Ya estaban por partir, pero Rocío, no quiso hacerlo sin antes dejarle en claro algunas indicaciones a Mariana, quien estaba muy ansiosa por que dejaran el lugar pronto.

-Si tenés hambre, hay comida en el frízer y en el microondas –dijo la rubia señalando a los respectivos lugares.

-Ya sé, lo tengo claro. ¿Se quieren ir? –contestó la morochita, prácticamente echándolos del lugar.

-Sí, ahora nos vamos, pero, no vayas a ninguna parte. Tu papá me llamó y me pidió que no dejara la casa sola, no sé por qué razón –explicó.

-No te preocupes, no me voy a ir de casa. Ya tengo en claro todo, no es la primera vez que me quedo en casa sola –dijo sincera.

-Es por eso que te lo digo. La última vez que te dejamos sola, sacaste el Audi de Carlos y volviste al otro día empujando el auto, que por cierto, le salía humo por todas partes –dijo obvia y echándoselo en cara.

-Bueno, un desliz lo tiene cualquiera. Vos lo tuviste con mi auto –se defendió excusándose.

-¿Podemos irnos? –preguntó Pablo, ya harto de la situación.

 -Sí, sí. Vamos –por fin Rocío se decidía. 

-Bueno. Chau, chau –ahora metódicamente Lali, los empujaba hacia la salida- ¡Por fin!

Cuando al fin se fueron, Mariana, tomó su celular y llamó a Eugenia, mientras se sentaba cómoda en el sofá; ahora no estaba Julia, ni su hija, y podría aplastar los cojines tanto como quisiera.

-Hola. ¿Rubia? Sí, soy yo. Sí, sí, está todo bien. Escucháme, llama a todos los amigos que puedas, que yo les pido lo mismo a Can y Mery.

-¿Para qué? ¿Qué les digo? –se apresuró la rubia a responder y preguntar, al mismo tiempo.

-Sólo deciles que ésta noche, en mi casa, obvio… ¡Hay fiesta! –le informó triunfante.

Después de cortar, las se encargaron de llamar a todos sus amigos y conocidos, muchos les respondían que estarían allí sin problemas; las fiestas de Mariana eran leyendas, no se la perderían por nada. Lali, le había casi suplicado a la rubia que no invitara a Matt, quien Euge no había alejado de su vida todavía, pero su corazón pudo más y lo hizo sin consultárselo a su amiga, que seguro que entre tanta gente no notaría su presencia.

Lali también había invitado a Gastón y a sus amigos, que había conocido esa rara mañana, le faltaba conocer a un tal Nicolás y a unos cuantos más, pero no le importó; seguro que serían buena gente si eran amigos de Gas.

-Sí, las necesito ahora. ¿Me las podría traer? –Mariana se encontraba hablando por el teléfono inalámbrico, encargando las bebidas- Ok, ¿le paso la dirección?

Había llegado Eugenia, quién pasó y le señaló unas bolsas con hielo, Lali le respondió con señas que pasara a la cocina y las dejara en el frízer. Apenas cortó, y la rubia regresó de colocar las cosas en su lugar, se encargaron del resto, música, comida. En ese momento, Mariana le rogaba a Euge que la ayudara con la seguridad.

-Por favor, Mario se derrite por vos –dijo poniendo sus manos en forma de suplica y haciendo ver su labio inferior- Es un bailecito, unos traguitos, nada más.

-No da que me regale así –dijo haciéndose la difícil, aunque en realidad lo que le preocupaba era que Matt se pusiera celoso.

-Matt, ni se va a enterar –dijo evidente.

-Yo no lo in… -al ver la cara de su amiga se desdijo- Bueno, sí, perdón.

-No te preocupes. ¿Vos querés fiesta?

-Obvio que quiero. Mirá lo que preguntás.

-¿Entonces me vas ayudar con el tipo de seguridad? –preguntó con aires triunfantes.

La rubia asintió, sabiendo que no iba a poder negarse mucho más con una amiga tan persistente como Lali.

La fiesta, prácticamente, ya había comenzado, pero Mario, el guardia de turno, impedía que los invitados no reconocidos por él, ingresaran al lugar.

-¿Qué pasa acá? –había preguntado Mariana, ya con un trago en la mano, entendiendo por qué tan poca gente se hacía presente en el patio trasero del hogar.

-Estas personas dicen conocerla, pero yo no las he visto en mi vida –explicó el guardia.

-Ay, Mario, por favor –y dirigiéndose a las personas que allí se encontraban- Pasen, pasen, que se están perdiendo la fiesta. ¡Qué caños! –les decía a un grupo de chicos- ¡Y ustedes diosas totales! –ahora a un grupo de chicas. Todas entendieron quien era ella y la saludaron como, si en verdad, la conocieran.

-Su padre me va a despedir cuando se entere que no cumplí con mi trabajo –dijo el joven algo preocupado.

-Mario, ¿por qué no vas a divertirte con nosotros? Yo me encargo de mi viejo. Además, dudo que se entere. Es más yo podría conseguirte un aumento.

-¿De verdad lo dice?

-Pero por supuesto. Así que… dejamos la pistolita –decía mientras le quitaba al arma de las manos-, nos sacamos el uniforme –dijo y le sacó la campera para descubrir una remera negra ajustada que llevaba debajo- ¡Alto lomo! No te tenía así Mario.

-Disculpe, no me parece que…

-Por favor, tutéame –dijo sin dejarlo terminar de hablar- Ahora tomá este trago y andá a bailar con la rubia, que se muere por conocerte.

-¿De verdad? –preguntó asombrado.

-Te lo digo yo, que soy su mejor amiga –respondió, algo altanera, logrando que el joven ingresara al lugar sin acordarse, del arma, ni de la seguridad.

-Que duro que es trabajar –se dijo a si misma riendo.

La fiesta se estaba realizando en el patio trasero, Eugenia había bailado un gran rato con el guardia, otro tanto con Matt, quien sorprendido de la invitación de Mariana, se lo había agradecido, cosa que ella había ignorado, alejándose de él. Muchos, pasados de alcohol, ya estaban dentro de la piscina. Por suerte, no habían ingresado al interior de la casa, sino la fiesta, se hubiera ido de control. Había notado que Euge se había alejado de Matt para hablar con Nicolás, el amigo de Gas que, sin saberlo, había conocido de lejos en el boliche.

No recordaba cómo, pero se encontraba en el cuarto de su padre; Gas besaba su cuello. Ella reía, sabía que, ambos, estaban borrachos y no podían ni siquiera mantenerse en pie. Siempre que salían y ella no ponía excusas, estaban juntos, pero jamás lo habían hecho en su casa, mucho menos en la cama de su padre. Tampoco supo cómo, pero su ropa ya no estaba, las sábanas sobre los dos, el cuerpo de Gastón encima del suyo, un “Te amo” que no supo cómo responder, era la primera vez que se lo decía y era especial, sólo lo besó, no pudo responderle “Yo también”, y odiaba no poder hacerlo, odiaba no sentirlo.

-¡Mariana! ¿Qué significa esto? –esa voz, la que menos quería oír.

-¡Jodeme! –miraba sorprendida por encima del hombro de Gastón, mientras mordía su labio, allí estaba su padre, quien observaba la situación indignado y enfurecido. 

8 de marzo de 2012

8. Favor con favor se paga.




Rocío había regresado temprano de la despedida de Fernanda, se había aburrido. Si bien eran sus “amigas”, no paraban de demostrar cada gran logro que obtenían. En un principio se divirtió oyendo como había disfrutado Clara el crucero en el Caribe que le había regalado su flamante esposo, un exitoso empresario. También era divertido escuchar como Virginia había seducido a un señor mayor, pero multimillonario, y éste le había regalado un súper auto deportivo. Admitía que su madre había hecho algo parecido con el padre de Mariana, pero había llegado a un punto que era deprimente oír tantas historias de lujos, cosa que ella amaba; pero que tenía al alcance de su mano, gracias a su madre. Ella no se casaba con Pablo por su dinero, ni por su trabajo, lo hacía por amor, o al menos, eso pensaba.

Había decidido irse con anticipación, no sin antes felicitar a la homenajeada, y pedirle disculpas por su retirada antes de tiempo, con la excusa de que se sentía mal. “¿No estarás embarazada?” Escuchó por ahí, sólo atinó a reírse por el comentario; si había algo de que estaba segura era de que eso era imposible.

Llaves sobre la mesa, los zapatos ya no estaban en sus pies. Le tomó segundos quitárselos y tomarlos en sus manos, mientras se sostenía con el barandal de la escalera. Subió sin problemas, sólo había tomado una copa de vino, no era muy amante del alcohol. Estaba cansada, seguro de hacer compras esa mañana, imaginó a Mariana diciéndole que se agotaba de nada y que tendría que ir a trabajar para saber lo que es el cansancio; se rió en silencio por sus pensamientos, cambió su ropa por su camisón de seda favorito, se recostó y cerró sus ojos para dormir. Volvió a abrir sus ojos en un instante, allí donde debería estar su futuro esposo no había nada, sólo el frío de las sábanas, que le recordaban que… ¿Pasaría el resto de la noche sola?

Mariana y Gastón continuaban besándose contra una de las paredes del lugar. Los amigos de Pablo no podían creer lo que veían, de vez en cuando reían de su amigo por la oportunidad que se había perdido. “Lento”, solían llamarlo, y por más que quiso excusarse, diciendo que estaba comprometido y que no haría nada que no correspondiera, también él, en el fondo, se lo lamentaba. Evitó decirles quién era ella y qué relación los unía, ya que eso tornaría peor la situación. Resolvió volver a su casa, ese día, nada había sido respecto al plan. 

-¿Vamos a casa? –había preguntado Gastón entre besos a Mariana.

-Me muero de ganas, pero no puedo –le dijo ella alejándose un poco.

-Entiendo. ¿Qué pasó hoy? –Hizo una pausa y continuó hablando- ¿Euge, ese tal Matt, Candela? ¿Quién?- se lo notaba irritado, Gas no era de enojarse por esas cosas; seguramente estaba exasperado, pero como pocas veces, Lali le contestó de manera sincera y compasiva.

-Es Pablo, salió sin avisarle a Rocío, y cuando vuelva lo va a matar. Tengo que cubrirlo; no hizo nada malo, pero por si acaso –al ver la cara del rubio indagó- ¿Qué?

-¿Desde cuándo hacés cosas buenas por las personas vos? –preguntó riendo, mientras corría un mechón de pelo de su cara.

-Siempre se puede empezar. ¿No? –dijo redundante.

-Hubieras empezado por mí. ¿No te parece?

-Ya te va a tocar –ladeó una sonrisa y dijo- Ahora andá con tus amigos, que si se enteran que dejaste a la rubia colgada por mí, te matan.

-¿Qué rubia? –preguntó haciéndose el desentendido y riendo, mientras ella también lo hacía. Dejó un corto beso en los labios de la morocha, para después, caminar de espaldas, alejándose de ella y perderse en la multitud.

Había visto como Pablo se despedía de sus amigos y se dirigía a la salida. Buscó a Eugenia para despedirse, la vio, a lo lejos, estaba teniendo una charla con un rubio musculoso, que era mucho mejor que Matt, seguramente, se alegró por ella; no quiso interrumpirla y se fue siguiendo el mismo camino que Pablo. A ella le costaría menos, supuso que si debía hacer lo correcto, sería ella la que tendría que irse caminando, ya que el auto, en definitiva era de él. Pero, ¿para qué hacerlo?, el auto era grande y pensó en devolverle el favor que Pablo le había hecho esa misma tarde.           

-¡Flaco! –alcanzó a gritar cuando detuvo el vehículo a unos metros de él y bajó la ventanilla; el no tardó en dar media vuelta y reconocer su propio auto- Si tenés ganas te alcanzo unas cuadras. No tengo problema –apenas terminó de hablar sonrió. Esas sonrisas que a Pablo amaba ver.

-¿Me estás ofreciendo llevarme a “mi” casa, que es “tu” casa; con “tu” auto, que en realidad es “mi” auto?

-Creo que sí –respondió complicada, ante la confusa pregunta de Pablo- Es así. Favor por favor. Aunque sea con “tu” auto, lo que vale es la intención.  

-Creo que es válido –le respondió, dio la vuelta al vehículo, e ingresó por el asiento del acompañante.

Ya eran varios los minutos en los que permanecían en viaje. Mientras que Mariana trataba de soportar cada advertencia que Pablo le hacía. “Cuidado”, le repetía a cada instante, y ella sutilmente, le aclaraba que sabía lo que hacía, que no se preocupara; pero a él, esto le resultaba imposible.

-¿Te podés tranquilizar? –le dijo a Pablo, mirando hacia su costado- En segundos llegamos y no anda demasiada gente.

-No me mires a mí, mirá para adelante. Y el problema no es la gente, sos vos –no sabía que decir, ni que hacer para disimular sus ganas de besarla. La miraba de reojo, observaba la curva de su cuello, mientras bajaba la mirada por su torso, hasta llegar a su mayor obsesión, en definitiva era extremadamente sexi. Deseaba que lo mirara y no lo quería, al mismo tiempo. Era imposible no desearlo, pero si lo hacía, haría que no pudiera resistirse. 

-Como digas –le respondió indiferente, aunque un poco obediente, en el fondo. Sabía que había cometido un error, cuando le había confesado que quería besarlo; pero no se alarmó demasiado, suponía que él ya no recordaba el asunto. Además los besos y caricias que había llevado a cabo con Gas, y que no se había molestado en ocultar, serían más que suficientes para aclarar a quién ella, sí quería besar.

Ya ambos con los pies en tierra, se dispusieron a entrar a su hogar. Se sorprendieron cuando vieron que las luces no se encontraban encendidas, ya que sabiendo cómo era Rocío, se la imaginaban despierta toda la noche esperándolos. También se alarmaron, cuando ella los sorprendió queriendo entrar en puntas de pies para no hacer ruido, encendiendo la luz de toda la sala.

-Pablo, ¿Dónde estuviste toda la noche? –indagó la rubia, cruzada de brazos, más histérica de lo habitual.

-Tu novio estuvo toda la noche acá, esperándote; pero yo lo llamé para que fuera a buscarme, ya que vos me chocaste el auto –dijo Lali con una franqueza totalmente falsa- ¿Te molesta?

“No creí que Lali hablaría, y estaba seguro de que si lo hacía, sería para hundirme; pero me equivoqué. Por primera vez escuché que no me hundió, me rescató”- pensaba Pablo después de que ella hablara.

-¿Es enserio lo que dice, Pablo? –preguntó Rocío desconfiada.

-Es enserio –afirmó él- Le debo algunos favores a Marianita y se los quería devolver de alguna forma –decía mientras miraba a Lali con una sonrisa que ella devolvía, mientras bajaba la mirada al suelo.

-¿Ahora me vas a decir que “Favor con favor se paga”? –dijo divertida y extrañada la rubia.

Sólo rieron y se dirigieron a sus cuartos. Rocío ya dormía, mientras que Pablo y Lali, ya acostados, pero despiertos, se arrepentían ese mismo instante de no haberse devuelto los favores cuando se encontraban en el centro de la pista. 

5 de marzo de 2012

7. Noche de rojo.




Era imposible no distraerse con sus amigos, Gastón se divertía mirando a cada “minita” que abordaba “El Cachetón”, como ellos lo llamaban a Agustín. Reía cada vez que Victorio retornaba a la barra, por otro; y muchos tragos más. Veía como Nico bailaba con una rubia que no llegaba a ver muy bien, pero que estaban demasiados entretenidos. Se sorprendía al verse el mismo, bailando con su propia rubia que, sin dudas, le había encantado tanto como a ella.

Mariana hizo una vista total al nuevo boliche, se notaba como todos se divertían; lo que todos no habían notado, todavía, que ella era la única que no había cumplido el requisito de la invitación… “Noche de negro”. Si había algo que se había propuesto, esa noche lo conseguiría. Abrirse paso entre la gente, no era tarea difícil, se giraban a verla, y ella lo disfrutaba. A ella le encantaba ser la única que había tomado como punto una “Noche de rojo”.

El rubio veía un gran montón de gente reunida en el centro de la pista, seguro era alguien que quería llamar la atención. No se alarmó demasiado, como tendría que haberlo hecho. Siguió en lo suyo con la rubia, que además de simpática, bailaba excesivamente bien.

Una enorme multitud la rodeaba. Era increíble, llamaba la atención de toda la gente del lugar, bailaba y a nadie le resultaba indiferente. Él la estaba observando, sus ojos no podían hacerla a un lado; su pelo lacio, sus piernas, y ese vestido rojo, que le quedaba a la perfección. Mareado por sus curvas, no podía evitar reír al escuchar a sus amigos gritarle y mirarla sin descaro. Quería verle la cara, oír su voz, sin embargo, ella se empeñaba a darle la espalda como si no deseara que viera su rostro. Era misteriosa, prohibida, y eso hacía que no desapareciera de la mente de Pablo ni por un segundo. Ahora, ¿Se iba? No conseguiría irse sin que antes el morocho viera su cara, la buscaba entre la gente, un trago en su mano le impedía correr; además del hecho de no querer parecer desesperado, como muchos de los que intentaron hacerlo.

A Lali le encantaba, sentía miles de miradas posadas en ella, no le asombraba para nada uno que otro grito que alcanzaba escuchar; estaba interesada en una mirada en especial, la de Pablo. Sabía que él la estaría mirando, buscando su cara, querría verla y ella no se la dejaría fácil. Aunque en el fondo quería que la viera y que la fuera a buscar, era su cuñado, y sólo quería divertirse. Decidió apartarse del centro de la pista; si quería, por ahora, que Pablo no la reconociera, llamar tanto la atención, no era la mejor forma de lograr su cometido.

Ahora se detenía, la había perdido de vista. No estaba en sus planes encontrarse con esa mujer, comerla con la mirada y buscarla desesperadamente. Ya que, últimamente, las cosas no habían salido de acuerdo al plan, y si quería arriesgarse, ella, era eso que estaba buscando.

No era eso que estaba viendo, no podía serlo; y sin embargo era. Gastón no podía equivocarse; Mariana se estaba por besar con un flaco, en el medio de la pista, que no conocía pero le resultaba muy familiar.

Segundos antes:

-¿Me buscabas? –Pablo escuchaba esa voz en su oído, era tan atrapante al igual que su cuerpo al verlo bailar. Por alguna extraña razón, ya no tenía que buscarla, ella estaba detrás suyo; estaba anhelando que ella le hablara, que lo fuera a buscar, y por alguna otra extraña razón, esto estaba pasando.

No le tomó, ni siquiera segundos, pensar y dar media vuelta para tomarla de la cintura, cosa que había deseado desde la primera vez que la había visto en el centro de la pista. Y no le tomó, ni siquiera segundos soltarla, no podía pasarle esto, de todas las mujeres del mundo que lucirían un vestido rojo, jamás creyó que la que mejor lo hiciera, sería Lali, “la petisita polvorita”; la persona con quien peor se llevaba.

-¿Qué hacés acá? –fue lo único que atinó a decir. Luego de que su sonrisa de ganador ya había desaparecido.

-Lo mismo que vos –hizo una pausa y volvió a hablar- ¿Por qué me agarraste de la cintura? ¿Me querías besar? –dijo acercándose a su cuerpo, a su boca, a sus labios; mientras sus manos rodeaban, ahora, la cintura de él.

Ella estaba demasiado cerca, no podía hacerlo, y sin embargo quería. Sentía ganas, pero el miedo lo corroía. Sus amigos se reirían, pero no iba a cometer el peor error de su vida. Rocío era su futura esposa, no la iba a lastimar, y mucho menos con la persona menos indicada, por más que tuviera todas las intenciones de hacerlo. Por ahora, no lo haría.

-¿Qué decís? ¿Qué te quería besar?... No tengo tan mal gusto –le estaba mintiendo, pero para sorpresa de Mariana, y de él mismo, no se alejaba de su cuerpo, de su cara, ni de sus labios.

-No sé, me pareció. A lo mejor me estoy confundiendo. Porque yo sí quería, y todavía quiero –ya no miraba sus ojos, ahora era el turno de su boca. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Qué era lo que estaba haciendo? Hace horas lo detestaba, ahora también lo hacía; más bien, detestaba sentir esas ganas de besarlo.

-Te estás confundiendo –hizo una pausa y tragó saliva- Definitivamente.

-Mariana, ¿me estás cargando? –gritaron desde un costado.

Sus ojos se abrieron de golpe, era esa voz, enojada, por supuesto. Seguramente, otra vez se sentía terrible; y no existía, en ese momento, otra cosa que le doliera más.

-Gasti, ¿cómo estás? –dijo la morocha, dibujando una sonrisa en su cara, y mirando por sobre su hombro al rubio- ¿Vos creíste que…? ¿… él y yo…? –respondió señalando, primero a Pablo y después a ella misma, seguido de una carcajada que nadie creyó. Al recorrer con su mirada la cara del rubio y sus brazos rodeando la cintura de Pablo se soltó inmediatamente.

-Yo no creo, veo.

-Ves mal, Gasti –era como si se hubiera olvidado de quien la acompañaba segundos antes; ahora se acercaba a Gastón para preguntarle- ¿Cómo estás?

-No demasiado bien, después de lo que vi –el rubio se encontraba cruzado de brazos, y su expresión no era de las mejores. La miraba de lado, no podía evitar ponerse celoso.

Ella no le respondió, sólo acarició su mejilla suavemente.

-¿Qué significa esto? –preguntó extrañado.

-¿Se te pasó el enojo de ésta mañana? A mí, sí –lo interrogó de manera divertida mientras acariciaba su pelo, luego su nuca y cuello, después de esbozar una pequeña sonrisa.

-Algo así. No me quedó otra.

-¿Por qué? –preguntó riendo, sin sacar la mano de su cuello.

-¿Quién era ese? –ya había ignorado su pregunta anterior, no podía disimular las intenciones de averiguar quién era la persona que estaba junto a ella y que se había alejado cuando Lali se acercó a él.

-Es Pablo –la simpleza y honestidad de Lali, sorprendió a Gastón, que ya la miraba con cara de indignación. Ella rió y terminó de hablar-, mi cuñado.

-¿Te tengo que creer? –preguntó receloso.

Ella respondió con otra de las tantas sonrisas que le había regalado; y le continuó regalando pasada la madrugada. Simplemente después, lo besó.