30 de junio de 2012

20. Clandestinidad.




-Sigo sin entender por qué me trajiste a la oficina –le dijo mientras ingresaban a su despacho.

-En casa podrían escucharnos –le explicó- Además, querías vender tu auto –le dijo mientras recorría el contorno del escritorio, para sentarse en su silla.

-Sí, eso quiero; pero… ¿Era necesario venir hasta acá? Éste lugar me trae no muy buenos recuerdos – Lali, apenas sonrió, dejando su bandolera sobre la silla, y sentándose luego. Pablo la miró sin entender- No me cae muy bien tu secretaria. Es bastante impuntual e irresponsable –dijo recordando que la joven, todavía no estaba en el lugar.

-Vos sos peor –dijo riendo- Aún no comenzó su horario de trabajo. Vinimos minutos antes. No hay nadie –dijo el hombre, mientras revolvía unos papeles, buscando algo, por supuesto, Mariana no sabía que era.

-Entiendo –dijo, no sabiendo como continuar, esperando que él diera el primer paso.

-¿Vos decís que acá…? –dijo Pablo mirando hacia los lados y juntando sus labios, para cortar el silencio que se había formado.

-Vos lo dijiste Pablo –dijo separando el sillón con ruedas del escritorio, donde estaba sentada- No hay nadie, estamos solos, vos y yo –dijo ya parada, acercándose, peligrosamente, a él, mientras una sonrisa seductora, recorría sus labios.

Pablo se levantó de su lugar, mientras tanto Lali, ya se encontraba junto a él. La tomó de la cintura, la atrajo a su cara para, apenas, rozar sus labios.

-Me volvés loco petisa –le dijo, aún rozando su boca, para después besarla con avidez, a lo que ella respondió de igual modo. Ninguno de los dos entendía por qué necesitaban hacerlo, los últimos dos días así habían sido, besos prohibidos y secretos; definitivamente, la clandestinidad, atraía, aunque no más, de lo que ellos se atraían el uno al otro.

-Y vos a mí –le dijo ella, cuando lograron separarse por la falta de aire. Luego de esto, Mariana volvió a capturar sus labios.

Mientras tanto, a solos unos pasos de Mariana y Pablo, Daniela y Gastón recientemente llegaban al lugar.

-Pablo ya debe estar en su despacho –comentó Daniela, mientras Gastón venía detrás de ella- Su auto estaba en la entrada.

-Es extraño que no nos haya oído entrar –le respondió el rubio.

-Estamos unos minutos adelantados con respecto al horario de entrada –dijo la chica, mientras miraba su reloj de mano.

-Porque no quisiste quedarte más tiempo en esa cafetería –dijo, mientras apoyaba sus brazos sobre su buró.

-Tenés razón –concluyó ella- Mejor, voy a llevarle su cappuccino. Lo va a poner de buen humor, que sea eficiente desde temprano –dijo mientras señalaba con su pulgar en dirección a la oficina de Pablo.

-¿En serio no querés que se lo lleve yo? Es mi trabajo.

-No te preocupes, yo se lo llevo. Al fin y al cabo, llegamos antes por mi culpa –dijo con una sonrisa en su cara, entrando a la cocina y saliendo a los minutos, luego, se dirigió hacia el lugar donde se hallaba su jefe.

Pablo y Mariana seguían besándose. Él, de a poco, se atrevía a acariciar su espalda por debajo de su remera, mientras que ella, acariciaba su cuello, casi llegando a su espalda, examinando más su piel. Ambos, seguían muy entretenidos, sin pensar en nada, ni nadie. Pablo besaba su cuello, y no recordaba mirar el reloj, al saber que sus empleados, llegarían en cualquier momento.

-Pablo, su desayuno está listo –se oyó la voz de su secretaria, por detrás de la puerta- ¿Puedo pasar?

-Llegaste antes –se limitó a responder, mientras, le hacía señas a Lali, para que se quedara quieta y se callara, después de separarse de ella.

-Sí, ¿Hay algún problema señor?

-No, ninguno. Deja todo en la cocina, después voy a buscarlo. Estoy ocupado.

-Así va a ser –le contestó para alejarse, con una expresión confusa en su rostro- Creo que está con una mujer –le comentó a Gastón, dejando el desayuno sobre la mesa.

-¿Vos decís que está con una minita? No creo, se casa en unos días.

-Por eso lo digo, a lo mejor es Rocío –barajó una opción, Daniela.

-¿Y por qué la va a traer acá? –dijo, obviamente, acertando.

En el despacho, Pablo, le rogaba a Lali, quien se hacía la difícil, aunque en realidad, ella también se moría por cumplirlo.

-Una noche, sólo eso –dijo mientras levantaba su dedo índice- Después, vos volvés con… con… Gastón; y yo con Rocío. ¿Trato? –le propuso el peli claro.

-Trato –le confirmó, para dejar un suave beso en sus labios- Ahora salgamos, tu secretaria va a pensar cualquiera –dijo riendo. Así lo hicieron, al instante. Mariana adelante, Pablo por detrás, salieron del despacho.

-Buenos días –dijo con entusiasmo la morocha a Daniela, sin advertir la presencia de Gastón, que se encontraba detrás de ella.

-Buenos días –respondió la secretaria de Pablo, sorprendida de quien se trataba la persona con la cual, su jefe, se había encerrado- ¿Mariana? ¿No? –dijo fingiendo no recordar bien su nombre.

-La misma que viste y calza –respondió con una sonrisa, no sabía por qué había algo en ella que no lo cerraba, del todo; sin embargo hoy se había levantado de buen humor, y nadie podría sacárselo, ni siquiera ella.

-Buen día, Daniela, Gastón –dijo Pablo, una vez que la mínima conversación de Lali y Daniela, había acabado.

Mariana, al oír su nombre, giró su cuerpo. Se preguntaba que estaría haciendo Gastón allí. Últimamente se comportaba distante, y lo que menos quería era que estuviera cerca de Daniela, mucho menos de la clandestinidad que la unía a Pablo.

-Gas. ¿Qué hacés acá? –se atrevió a preguntar.

-Gastón trabaja acá –le contestó Pablo.

-¿Y cómo fue eso? –la morocha, estaba enterada de que Gastón tenía trabajo, aunque no sabía dónde, ni con quién.

-Fue una loca casualidad –le explicó Gastón- Yo acompañé a Dani a su trabajo y…

Flashback.

-En serio. No tenés por qué agradecerme. Hice lo que cualquiera hubiera hecho –Gastón acompañaba a Daniela a su trabajo.

-Pero tengo la necesidad de agradecerte. Yo no tenía donde quedarme, y vos, me ofreciste tu departamento, que no es poco –continuaba agradeciéndole, cuando ya habían ingresado a “MSC”- Además le tuviste que mentir a tu novia por mi culpa.

-Lali no es mi novia.

-Bueno, lo que sean –dijo moviendo sus manos exageradamente- Amigos, no son.

-Daniela –apareció ante ellos un alterado Pablo, se había equivocado al pedirle a Mariana que fuera su testigo de casamiento, y todos los pequeños problemas, los veía enormes- ¿Podés creer que Florencia acaba de renunciar? Tengo una reunión importante y no tengo quien me prepare el café.

-Si usted quiere yo podría... –trató de calmarlo ella.

-Ya tenés suficiente trabajo para encargarte de más –dijo con sus manos en su cintura, mientras buscaba una solución, y movía su cabeza de un lado a otro- ¡Vos! –Gritó, al divisar al rubio recién llegado, a lo cual, él respondió señalándose- Sí, vos. ¿No estabas buscando trabajo? –Gas asintió- ¿Sabés preparar café?

-Casi todo el mundo sabe.

-Perfecto, estás contratado –concluyó el peli claro- ¡Ah! Y empezás ya –le recordó para ingresar a su oficina, una vez más.

Fin del flashback.

-Qué raro que no lo supieras –intervino la secretaria- Considerando que ustedes son, una pareja, y que Gastón te cuenta todo; o bueno, casi todo.

-Disculpame, ¿Cómo sabés tanto de él? –le preguntó la morocha, con los brazos cruzados.

-Desde que trabajamos juntos La –le respondió sereno Gas.

-Mirá vos. Resulta que acompañás a desconocidas al trabajo, las metes en tu casa, te conocen perfectamente, me mentís y no me contás nada –dijo Lali, aún cruzada de brazos- Bien, eh… -dijo, mientras Pablo y Daniela, se alejaban.

-Yo no te cuento nada, te recuerdo que vos tampoco lo hacés. ¿Qué estabas haciendo con Pablo en la oficina? –le preguntó una vez que su jefe, ya se había retirado con Daniela, para no participar de cierta “discusión”.

-Quiero vender mi auto –le contestó evasivamente.

-¿Nada más?

-¿Qué tanto te importa saber lo que hago con él cuando estamos encerrados? –lo desafió, con ambas manos en su cintura, y acercándose provocadoramente.

-Lo mismo que te importa a vos saber lo que hago con Daniela en la cocina.

-Exactamente nada –minimizó, mirándolo a los ojos.

-Lo mismo digo –dijo calmándose el rubio.

-Gas –dijo, una vez, lejos de Gastón, él, simplemente la miró- Tenemos que hablar, de algo importante. ¿Me llamás? –le pidió como si la charla, no hubiera existido, tranquilamente.

-Te llamo –le confirmó él. Para que luego ella se alejara hacia la salida.

Apenas estaba afuera, miró para la ventana del lugar, allí estaba Pablo. Ella lo miró con una sonrisa, él le respondió giñando su ojo derecho, para que después ella diera media vuelta para dirigirse al aeropuerto, totalmente convencida de que nada podría modificar lo que sentía.

29 de junio de 2012

19. Perfecta.




-Una semana. No puedo creerlo –comentaba emocionada Rocío, mientras abrazaba, por detrás, a Pablo.

-Creéme, yo tampoco –comentó desinteresado él.

-¿No estás emocionado? –Le preguntó la rubia con una sonrisa- Yo, estoy que me muero de ansiedad –decía con una sonrisa en su rostro.

-¿Lali está acá? –preguntó, casi ignorando la pregunta de la rubia.

-Sí, está en su cuarto. Obviamente. Si está, está sola –ella, sólo hizo una pausa. Le extrañaba que por primera vez, la llamara como ella quería que la llamen. Mariana siempre exigía que le dijeran “Lali”, y Pablo, siempre evitaba llamarla así- ¿Por qué? –preguntó mientras enarcaba una ceja extrañada.

-Por nada, sólo preguntaba –evadió a su novia, rápidamente. “Tenés que hablarlo con ella”, las palabras de su mejor amigo, resonaban en su cabeza. No podría seguir evitándolo, por más, que no estuviera seguro de que diría ella, ni él tampoco.

-Últimamente, sólo preguntás por ella –vio la cara de descontento de Pablo y le dijo- Era un chiste, mi amor.

-Tengo que hacerlo –pensó en voz alta, casi sin escucharla.

-¿Qué cosa? –interrumpió sus pensamientos Rocío.

-Ehhh… Tomar una pastilla, para el dolor de cabeza. Me molesta, un poco –prácticamente, no le mintió, le dolía un poco la cabeza.

-¿Querés que se la pida a Norma? –preguntó, mientras acariciaba su mejilla.

-No dejá, voy yo. Gracias –le dijo, mientras miraba sus ojos. Sin duda esa mujer, lo amaba, esperaba y deseaba casarse con él, con todo su corazón. Pablo lo advertía desde el día que le propuso casamiento, y la rubia no dudó en aceptarlo, no pensó demasiado, le asintió y lo besó. Jamás podría pasar por alto el amor que ella le tenía.

-De nada. Te amo –dijo depositando un suave beso en los labios del hombre.

-Yo también –dijo, y después, ella se alejó. Tenía que encargarse de los detalles de último minuto para la boda. Se despidió con una sonrisa, y desapareció  por detrás de la puerta.

Ahora no podía dudarlo, tendrían que hablarlo, tarde o temprano. No podrían hacer como si nada hubiera pasado. Simplemente, olvido la pastilla, y el dolor de cabeza, alzó su mirada al pasillo que continuaba de la escalera y divisó la puerta abierta de su cuarto, la luz encendida y algo de música, que sorprendentemente, no estaba a todo volumen. Caminó decidido hacia las escaleras y atravesó el pasillo para dirigirse al cuarto de Mariana. Ella estaba concentrada, escribía en su computadora, mientras la música sonaba de fondo. Pablo sólo tocó la puerta, por más que estuviera abierta, se había acostumbrado a tocar, tal como a Lali le gustaba.

-Deja la bandeja por ahí, Norma –dijo mientras señalaba su escritorio, sin levantar la mirada de su laptop- Y… -levantó la vista, y notó que estaba equivocada- ¿Gracias? –Preguntó sorprendida, tratando de terminar la oración que había comenzado- Creí que eras Norma. ¿Necesitabas  algo?

-No soy Norma, pero si lo fuera te diría que hagas un poco de espacio en el escritorio, porque no hay lugar para un alfiler, mucho menos, para una bandeja –dijo mientras señalaba el desorden que Lali, acostumbraba a tener, para después acercarse a dicho escritorio- ¿Son canciones? –dijo mientras tomaba un papel en sus manos.

-¡No toques! –gritó inmediatamente. Si había algo, de las tantas cosas que le molestaban, era que tocaran sus cosas. Se levantó de un salto de su cama, para arrebatarle el papel de su mano.

-Sólo quería ayudarte a ordenar –le explicó él.

-No quiero que me ayudes en nada. Es más, quiero que estés lejos de mí, y que no te acerques a, por lo menos, cien kilómetros a la redonda –le pidió con una sonrisa irónica. Siempre esa costumbre de defenderse, aún, cuando nadie la atacaba.

-¿Hasta cuándo vas a seguir actuando como si no hubiera pasado nada?

-No entiendo de que me hablás –esquivó su mirada y volvió a su posición inicial, en la cama.

-Entendés muy bien de lo que te hablo –inmediatamente, cerró su computadora para tirarla al sillón que se encontraba a la derecha de la cama, y sentarse en su lugar.

-¿Qué hacés? La vas a romper.

-No me importa la computadora. Me importa hablar con vos.

-No tengo nada que hablar con vos.

-Ah… ¿Mirá vos? –Ironizó- No me interesa, vamos hablar igual.

-¿De qué querés hablar? –Preguntó, mientras cruzaba sus brazos y sus piernas también- ¿De mi vida? Está muy bien, hace una semana empecé en la Universidad, decí que mi viejo no se enteró porque sino… -no pudo continuar porque fue interrumpida.

-¿Es un chiste? No podés evadir todo en tu vida –dijo, un poco enojado- Nos besamos. Me besaste.

-Eso sólo fue una confusión. Nada más –minimizó ella.

-Te vivís confundiendo. Ese es tu problema.

-¿Yo me confundo? –Preguntó Lali, también, un poco enojada- Lo admito, te besé, pero vos también lo hiciste.

-¿Y qué querías que hiciera? –dijo mientras levantaba ambas cejas.

-Mmm… No sé. Lo que haría cualquier hombre que no está interesado en mí y que está enamorado de su novia.

-Mirá si no te alejé fue por… -fue interrumpido antes de que pudiera seguir hablando.

-Porque te gustó, te gustó el beso y te gusto yo –los roles se invertían, ahora, Pablo, disminuía la situación, y ella, siguiendo el consejo de su amiga Eugenia, iba de frente y encaraba las cosas directamente. Él no le respondía, entonces, volvió a hablar- Tomo tu silencio como una confirmación.

-Mariana, está mal. Vos no podés, yo tampoco.

-¡Ay Pablo! Siempre me tengo que animar yo.

-¿A qué? –Lali no lo dejó pensar demasiado, tomó su cuello para acercarlo más a ella y lo besó. A Pablo, lo tomó de sorpresa, pero siguió el beso, no podía resistirse a sus labios. Si los había probado, no podría olvidarlos jamás, ese había sido su error.

Lali, se moría de ganas de decirle que Rocío hacía lo mismo, pero entendía que por más que fuera así, seguía estando mal. Y por más que estuviera mal, no podía separarse de él, ni tampoco, quería.

El beso, ya no era uno más. Ambos lo disfrutaban, el beso era desesperado, pero al mismo tiempo, deseado. Mariana, comenzó a recostarse para encontrar más comodidad, pero no se separaba ni un milímetro de él. Lo atraía hacia ella, y Pablo no se resistía. No querían hacerlo, ninguno de los dos, querían alejarse. Debían hacerlo, la puerta abierta, más la música, eran un complemento perfecto para no pasar desapercibidos.

Pablo, prácticamente sobre ella, la agarraba fuerte de la nuca y la cabeza; mientras que la morocha, lo imitaba. Se oyeron los pasos de Norma, que se acercaba al cuarto, seguramente con la merienda que Mariana le había pedido hacía ya, unos minutos. Ella lo separó, bruscamente, de ella, con un empujón, mientras limpiaba sus labios. Pablo, también lo hizo.

-Señorita, su merienda está lista–apareció frente a ellos, la mujer, cuando Pablo, ya estaba de pie, junto a la cama; y Mariana, sentada sobre ella- ¿Todo bien por acá? –preguntó, mientras intentaba hacer espacio sobre el escritorio, para depositar la bandeja, y los miraba de reojo.

- –contestaron a dúo, Pablo y Lali- Perfecto –le confirmaron, mientras se miraban, aún agitados.

-Permítanme decirles que es un poco extraña ésta situación –comentó mientras apenas, reía.

-¿Por qué lo dice Norma? –se atrevió a hablar Pablo, revoleando los ojos.

-Tenía entendido que no se llevaban muy bien ustedes, pero... –trató de explicarles.

-No estábamos haciendo nada. Estábamos… charlando –se defendió Mariana.

-Lo entiendo –dijo la mujer, para dar media vuelta, y dirigirse a la cocina, mientras limpiaba sus manos con el delantal.

-Lali... –intentó hablar el peli claro.

-Te fuiste –le dijo ella, e inmediatamente, lo empujó hacia la salida.

-Qué loca es –susurró, ya afuera de la habitación, detrás de la puerta. Mientras que su mente y su corazón le repetían una y otra vez que no era tan así y que Lali era perfecta.

La situación era tan conflictiva, como perfecta. Y por más que seguían y seguirían confundidos por mucho más, sabían lo que querían; y no eran precisamente, Rocío, ni Gastón. No era algo superficial, era algo más allá. Algo perfecto, que tardaría en llegar.