Todo había
cambiado desde que aquel infortunio, según ella. Lali había salido corriendo a
los pocos segundos, dejándolo en una mezcla de estático y mudo; con
sorprendido. Inmediatamente que se fue, ella, se encerró en su cuarto, moriría
de vergüenza, si volvía a verlo, por lo menos dentro de las siguientes horas.
Al atravesar el pasillo que conducía a las habitaciones logró ver como Nicolás,
continuaba acomodando su ropa en el armario, apenas escuchó lo que le dijo,
sólo lo ignoró para hacer lo antes mencionado. Nico la miró y se asomó a la
puerta de la habitación de huéspedes, que era donde el dormiría hasta la gran
ceremonia, le sorprendió que ella no accediera a ayudarlo con la ropa, supuso,
que no lo había oído y siguió haciendo su trabajo.
Desde que Lali le
había pedido que no se casara, lo había abrazado, había cambiado, todo; su
forma de mirarla, de escucharla. Desde que todo había ocurrido, no podía evitar
sentirse diferente, hacerla sentirse diferente. Ella, raramente, casi ni
aparecía por el lugar, su hogar. Había intentado en varias ocasiones acercarse
a ella para hablar sobre lo sucedido, pero ella siempre lo evitaba, tratando de
no quedarse solos, ni por un segundo. Aunque Pablo, negaba que él también la
hubiera evitado. Por más que hablaran no sabría que decirle.
-No sé qué pasó, ni por qué lo hizo. Pero,
fue en un instante –Pablo, le
contaba a Benjamín, su mejor amigo, lo sucedido aquella noche; de la cual había
pasado una semana. Sí, una semana más que pasaba y una semana que lo separaba
de la decisión que cambiaría su vida para siempre. Sin embargo, estaba más
confundido que antes- Primero con sus
peleas, después sus bailecitos, su bipolaridad, y ahora, esto.
-No sé qué decirte –negaba Benja, ante
las explicaciones de su amigo- Hay que
admitir que esa mina sabe como seducir a un hombre.
-Te lo puedo asegurar –trataba de auto
convencerse, mientras le daba a un sorbo al café, que minutos antes, había
pedido al mozo- Pero, estoy jugando con
fuego, y no pienso quemarme.
-¿Cómo estás tan seguro de eso? –Observó
a su amigo con cara de “¿Qué estás diciendo?” y prosiguió- Digo, con una chica así, nunca se sabe.
-Tengo que saber. Es Lali, una nena, y la
hermana de Ro –Rocío, tenía que pensar en ella, una mujer con todas las
letras- Jamás haría algo para
lastimarla.
-Repito. ¿Cómo estás tan seguro de eso?
–Vio como Pablo seguía mirándolo con cara de enojo, pasivo y le afirmó- Te conozco desde que somos así- hizo un
seña con su mano, indicando una estatura- No
vas a poder, te enamoraste. Y no precisamente de Rocío.
En el mismo
momento, Lali, le contaba lo sucedido a Euge y a Cande, ya que Mery, no había
podido llegar por un importante desfile que se la había presentado, al cual
asistirían cientos de personas importantes, también famosos, a los cuales la
reciente modelo, admiraba profundamente. “Gajes
del oficio”, les había dicho cuando las chicas le habían comunicado que
envidiaban totalmente su trabajo.
-Les juro que no me da la cara –les
comentaba apenada- ¿Por qué habré sido
tan tarada de hacer algo semejante? –Se reprochaba a sí misma.
-La, entendelo. Si lo hiciste, ya está; no
podés cambiarlo –hablaba la rubia del grupo.
-Sí Eu tiene razón. Aunque… –pensó
ladeando su cabeza, un poco la castaña- …Podés
inventar alguna excusa. Sos buena para eso.
-¡No! –Gritó Eugenia, en desacuerdo con
lo que acababa de decir Candela- Ninguna
excusa. Vas de frente, como vos sabés. Siempre de frente. No le hagas caso a lo
que ésta hueca te dice –dijo, mientras la señalaba con la mano.
-¡No me contradigas Eugenia! –un grito
agudo e histérico se oyó de parte de la más flaquita.
-Jamás te contradije, en mi vida –habló
tranquila, mientras miraba sus uñas.
-Diciendo que no me contradecís, me estás
contradiciendo –dijo pareciendo una nena caprichosa- Lali, lo está haciendo otra vez.
-Todo bien –se dispuso a hablar la
petisa de las tres- Pero… -hizo una
pausa para seguir- ¡El problema acá… …soy
yo! –Sus amigas sólo asintieron- Por
favor. Necesito ayuda. ¿Qué hago?
-¿Le contaste a Gas lo que pasó? –Esa
manía de abrir la boca y decir algo inoportuno, a Cande, no se le iba a ir
jamás.
-¿Vos estás loca? ¿Cómo le va a contar algo?
–sólo giró para ver los ojos de Lali, sabía que su amiga quería mucho a Gastón,
hasta el punto de contarle todas sus miserias- Porque no lo hiciste… ¿No?
-Jamás lo haría, pero hay algo más que me preocupa –sus amigas abrieron
sus ojos como preguntando “¿Hay más?” ella solo esbozó una sonrisa de nervios,
había pasado tanto en una semana sin verse- Ustedes saben que hace un tiempo, bastante largo, Gas me dijo que me
amaba.
-Sí y que vos no podés decirle “Yo también”
porque no lo sentís. ¿Y…? –la interrumpió Candela.
-Pasa que hace una semana que anda raro. No
me dice nada, no me cuenta nada. Es más, consiguió laburo y no me quiere contar
qué, ni en dónde.
-Ese chico es raro, yo te lo dije
–afirmó la castaña.
-No le digas así. Es la persona más buena
que conozco –lo defendió la morocha- Y
el más caño –dijo riendo.
-Eso después de tu Pablito ¿No? –rió la
rubia mientras la codeaba, Lali apenas reía, mientras negaba, un poco con su
cabeza- Al final, el tiempo me dio la
razón. Te gustaba y te re gusta tu cuñado.
-No digas así –trató de taparle la boca
Mariana- Suena feo.
-Es la verdad gordi –por primera vez,
Cande, estaba de acuerdo en lo que Eugenia decía.
Hasta esas
charlas, nadie lo sabía. Pero, esa noche, Lali lo había hecho, al fin, sin que
nadie los escuche, ni sospeche. Pablo la había correspondido, sin saber que al
hacerlo, esos labios quedarían de por vida en su mente. Jamás podría
olvidarlos, no podría evitar compararlos con los de alguien más y saber que
nadie los superaría. Lali lo hizo, sin saber que desde ese momento, por primera
vez en su vida, podría afirmarlo, se había enamorado. Mariana, cumplió el
deseo, que esa “Noche de rojo”, gracias a un poco de alcohol, se animo a
confesarle. Quería besarlo, y no dudó en hacerlo; aunque en su mente, y en su
boca, todavía deseaba hacerlo otra vez.
Al terminar ese
abrazo, ella se había alejado un poco, no lo suficiente como para evitar lo que
ocurrió a continuación. Un beso, como el de pocos, lleno de misterio, intriga,
y sobre todo, ganas de más; ganas, que no se irían nunca.
Hasta ellos lo
sabían, dudaban si hablar o permanecer en silencio, sería lo mejor.
Confundidos, así se sentían. Sus amigos se lo afirmaban, y ellos, ya no podrían
negarlo. Estaban seguros de lo que sentían, y por más que esto cerrara
demasiadas dudas, abriría muchas más, que ni se esperaban. Un tiempo
de gran confusión, en el
que se habían sumergido, los atormentaba, impidiendo que supieran qué hacer; o
cómo reaccionar.

