29 de febrero de 2012

6. Noche de negro.



-Yo mejor me voy a mi cuarto, a leer un libro, descansar –le decía la morocha a su cuñado, mientras estiraba sus brazos, como si se estuviera desvelando.

-Creí que ibas a salir con tus amigas o; en su defecto, con tu noviecito. Y no te creo ni media palabra de todo lo que dijiste, sobre todo lo del libro.

-Primero: se llama Gastón; segundo: no es mi novio y tercero… -lo decía,
mientras enumeraba con sus dedos- …no creo que quiera volver a verme y mucho menos, salir conmigo.

-¿Por qué lo decís? –ahora Pablo le hablaba mirando sus ojos, por primera vez sentía que se preocupaba por ella, y no sabía por qué, pero le encantaba.

-Es una historia larga, pero ya se la va a pasar, o eso espero –dijo con una media sonrisa en la cara.

En ese momento Lali, veía como su cuñado, se paraba y buscaba ropa limpia.
-Te arrepentiste –dijo, él la miró y ella como si le entendiera le respondió obvia- digo por la ropa.

-No me arrepentí, sólo le dije a Rocío que no iba a salir, pero estaba seguro de que iba a hacerlo.

-Ah… Mirá Pablito, tené cuidado, no vaya a ser cosa de que se te dé por volar muy alto y que la rubia te baje de un piedrazo; o en todo caso, yo.

-¿Te podés retirar de mi cuarto que tengo que cambiarme? –ya tenía la ropa elegida, de color negro, sobre su antebrazo.

-¿Qué te hace asegurar de que mi adorada hermanita no se vaya a enterar de lo que vos vas a hacer hoy, sin que ella sepa? –ya no prestaba atención a lo que Pablo le decía, sólo pensaba en su interés. Era una de esas oportunidades que no se podían dejar pasar. Si bien, hacía unos minutos no tenía en mente ciertas cosas, con tanto preparativo, las ganas habían llegado solas.

-¿Qué querés? –el morocho ya entendía sus intenciones, Mariana no se quedaría callada así nomás. Por más que sólo fuera una salida con amigos a un boliche, no deseaba que su futura esposa se percatara de la situación. Estaría lleno de mujeres, la debilidad de su grupo de amigos, y aunque le costara reconocerlo, también la suya.

-Sencillo, llevame con vos –dijo levantando una ceja para luego, cruzarse de brazos.

-Ah, no. Acabo de confirmar mis sospechas, vos estás totalmente loca.

-¿Por qué? ¿Por querer salir, con vos, sin avisarle mi viejo; que está de viaje y que seguramente la está pasando tan bien que ni se acuerda de mi?

-No, porque no pienso llevarte. Ahora que Ro no está, estás a mi cargo. Somos tipos grandes, y en el auto no hay espacio para pendejas inmaduras.

-Me parece que el pendejo inmaduro sos vos –dijo señalándolo- Ya soy mayor de edad. Y yo no soy el que no quiere que su esposa se entere que va a salir con “unos tipos grandes”. ¿No? –dijo haciendo las comillas con sus dedos.

-Callate, no te voy a llevar y punto, se termina acá. Y ahora te fuiste, porque, como ya te dije, me tengo que cambiar. Chau –ya la había tomado del brazo, arrastrado, prácticamente hacia la salida del cuarto y le había cerrado la puerta en la cara. Por un momento fantaseó con que lo acompañara, sus amigos se morirían de la envidia si lo vieran llegar con una mujer así; por más que no le gustara la idea, debía aceptar que su cuñadita era realmente hermosa.

Sus amigos habían llegado y no cabía duda que aburrirse no estaba en sus planes. El auto de Vico estaba cambiado, o por lo menos, distinto; la música a todo volumen, lograría que no pasen desapercibidos. Gastón, nunca lo reconocería, pero extrañaba las viejas épocas; dónde salía con sus amigos, sin importarles el mañana; cuando sólo eran ellos, solteros, cuando abundaban las mujeres sin intereses de una relación que durara más de una noche. Todo había cambiado cuando, según él, habían madurado, estudiar en la universidad les había cambiado las cabezas. Pero hoy, parecía que todo era como antes, que el tiempo no había pasado y no iba a desperdiciar la oportunidad. Hoy se divertirían, sin dudas.

Computadora, música y encierro en su cuarto, parecían puntos que podrían llegar a entretenerla; pero no lo estaban logrando. Se aburría, y las ganas de salir que habían llegado solas, no se irían de ninguna manera.

Consideró llamarla, como lo había considerado antes, pero desistió en el momento que escuchó a su celular sonar. Era su amiga, su hermana, que a través de un mensaje le pedía, le rogaba que la acompañara a un boliche, que era de vida o muerte. Sabía que a Lali le encantaba salir a bailar pero jamás la había dicho “es de vida o muerte”; seguramente tenía ganas de divertirse. Y por más que la rubia recordó la pelea no se pudo negar al pedido de Lali. “Noche de negro”, decía el mensaje; tomó uno de sus vestidos negros preferidos y se preparó, para cuando Lali la pasara a buscar.

La morocha esperaría que su cuñado ya no estuviera en el mismo lugar que ella y pasaría a buscar a Euge, ya que le tomaría prestado el auto a Pablo, aunque claro, sin que éste lo supiera. El peli claro no lo usaría porque lo pasarían a buscar los “tipos grandes”, según su propia definición, y Rocío ya había salido con el auto de Carlos, el padre de Mariana.

-Que buena onda este lugar –escuchó decir a Eugenia mientras se alejaba, estaba acostumbrada a esos desplantes, de parte de la rubia; si no era por Matt, era por otro, pero ya se convertía en costumbre, llegaban juntas, pero nada les aseguraba que se irían de la misma manera.

Era una gran multitud, todos de negro, tal cual lo pedía la invitación, todavía se preguntaba como la habían dejado entrar. Ahora eso no importaba, se dedicaría a disfrutar, o por lo menos, lo intentaría. Sola o con la rubia, lo haría sin dudarlo demasiado. Le pareció verlo con sus amigos, pero, en ese momento no le importó. Ahora quería abrirse paso entre la gente y bailar, como sólo ella sabía hacerlo.

5. Family Game.



Mariana llegó a la casa de su padre cansada, pues la lluvia había dejado como rastro una humedad importante, el clima era insoportable. No le gustaban las tormentas, mucho menos cuando su auto se encontraba en el taller mecánico, y lo estaría por varios días más. Había almorzado tarde en su “Fast-Food” favorito, y había ido a visitar a su amiga Candela, así la “Flaqui”, como la llamaban sus amigas, le había contado todo sobre su nueva relación.

Apenas entró al lugar, apoyó sus llaves en la mesa, al igual que su bolso. No se había percatado de que aún llevaba el buzo de Pablo, no importaba, Rocío se lo haría recordar.

-¿Qué hacés con eso puesto? Ese buzo es de mi marido.

-Hola Rocío, yo bien, ¿Vos? Te recuerdo que, por ahora, no es tu marido.

-Te hice una pregunta, ¿No me vas a contestar? –la rubia ya se irritaba, le molestaba constantemente la presencia de su hermanastra.

-No seas tan trágica, si te tranquilizás, y querés te cuento.

-¿Cómo no voy a querer? Si te lo estoy preguntando es porque lo quiero saber.
-Pasa que a lo mejor no te diste cuenta, pero hace unas horitas estaba lloviendo, que es básicamente, cuando las nubes se llenan de agua, y después… -iba a seguir, pero fue interrumpida por Rocío, que se estaba cansando de las vueltas que daba.

-Sé muy bien lo que es la lluvia, casi tanto como vos sabés lo que es ir a bailar… ¿Podés ir al grano?

-Fui a buscar trabajo, y se largó a llover. Tu chico como siempre tan tierno y bueno conmigo, me encontró ahí, en la calle tan sola y con frío y bueno me llevó hasta la casa de Euge, me abrió la puerta del auto; y como seguía temblando me abrazó y me prestó su buzo –actuaba cada palabra como si estuviera arriba de un escenario, le encantaba molestar a la rubia, era su hobbie, aunque fuera exagerando las cosas- Un amor –dijo mientras hacía un corazón con sus manos y lanzaba un beso al aire.

-Casi todo lo que ella dijo, pero con menos emoción –Pablo se hacía presente ante las dos mujeres, luego de bajar las escaleras. Hacía unos meses que convivían en la casa del padre de Mariana, ya que ésta era enorme. El peli claro, no había podido negarse ante el insistente pedido de Rocío, junto con Julia y Carlos, los padres de las chicas.

-Como sea, pero fue así –prosiguió la morocha- ¿Merendamos?- preguntó con entusiasmo y una sonrisa enorme en su cara.

-Prácticamente es la hora de la cena ya. No acostumbrás venir a casa demasiado temprano. Y no lo sé. ¿Tenés ganas de cocinar? –dijo con severidad Rocío.

-Yo no, pero seguro que Norma, sí –dio media vuelta y camino hacia la cocina, volvió a los segundos preguntando- ¿Y Norma?

-Tu papá tuvo la brillante idea de darle unas semanas de descanso, mientras él y mamá se iban de viaje. Vuelve una semana antes del casamiento, para ayudarnos con todo.

-Mejor va ser que pida una pizza. ¿Ustedes quieren algo?

-Verte desaparecer quiero.

-No empieces Ro, una pizza nos alcanza –contestó a la pregunta Pablo, si bien disfrutaba mucho verlas pelear a cada rato, hoy no tenía ganas.

-Sí, hacele caso a tu novio “Ro” –dijo Lali, imitando a Pablo.

Ya habían cenado, aunque claro; cada uno en su cuarto, no acostumbraban a tener las típicas cenas familiares, y mucho menos cuando el padre de Mariana y la madre de Rocío se ausentaban en la casa. Definitivamente, el “Family Game”, no era lo suyo.
Lali estaba encerrada en su cuarto, aburrida, como no solía hacerlo un sábado a la noche. Eugenia no la había llamado, ni mandado un mensaje, ni siquiera había publicado algo en su muro, por más que no usara su Facebook, hoy había estado todo el tiempo que pudo conectada. Esperaba que su amiga le dijera que todo estaba bien, como antes y que ésta noche iban a salir a divertirse. Su orgullo era casi tan grande como el de la rubia, y tampoco Mariana le iba a rogar nada. Pero nada de esto pasaba, y el hecho de que un grupo de sus amigas se habían ido de viaje, y que Cande, saliera con Peter, su nuevo novio, la tenía así; sola, encerrada y aburrida.

Una ducha caliente y relajante, perfume y ropa nueva, (tenía que estrenarla, ella se la había regalado para su cumpleaños, salía tan poco que todavía no había encontrado la oportunidad para usarla) era negra; se lo habían impuesto sus amigos: “Noche de negro”, le habían dicho. Gastón se había propuesto así mismo no sufrir más, ni por Lali, ni por nadie. Ahora estaba esperando a Agustín, Nicolás y Victorio, que se habían retrasado. No le gustaba la impuntualidad, pero sabía que cuando se trataba de ir a bailar, y más con sus amigos, esa palabra no existía.

Rocío ya estaba casi lista, y aunque le molestara mucho que Fernanda, se casara y tuviera su despedida antes que la de ella, tenía que ir; si no quería que “Fer” faltara a la suya. En todo eso pensaba, mientras se vestía y preparaba para salir.

-No me dijiste que ibas a salir –Pablo le hablaba a su futura mujer, recostado en su cama, mientras terminaba un trabajo en su laptop.

-No, no te dije porque me enteré hace unas horas.

-¿De qué te enteraste?

-¿Viste Fer? La chiquitita –hacía señas con sus dedos, como si la tuviera en frente- Medio feíta, pobrecita.

-¿Qué pasa con ella? –dijo con desinterés.

-Se va casar, y hoy es su despedida. El casamiento y la fiesta son la semana que viene y estamos invitados –ella ya demostraba su arrebato como cada vez que hablaba sobre algo referido a casamientos.

-No tengo muchas ganas, va a ser mejor que vallas sola.

-¡Ay Pablo! No puedo ir sola. Además, falta una semana, a lo mejor las ganas te vienen solas.

-Lo dudo.

Rocío bufó para sus adentros, le molestaba tanto la actitud de Pablo. Hacía ya unas semanas que actuaba de manera extraña y desinteresada. Y eso la hacía irritar, era demasiado histérica, y esto la volvía loca.

-¿Salen? –la voz de Mariana interrumpía los pensamientos de la rubia. Se veían sus manos sobre el lado izquierdo del marco de la puerta, y a su lado su cabeza, un tanto inclinada por la posición.

-¿Te importa? –por más que lo intentara, Rocío no podía ser amable con su hermanastra.

-Sí, si te lo estoy preguntando es porque lo quiero saber –dijo citando a la rubia unas horas antes, hizo una pausa y al ver que no recibía respuesta de nadie volvió a hablar- ¿Salen o no?

-Yo no. Ella, sí.

-Sí, voy a la despedida de soltera de Fer, y no te gastes en pedirme nada, porque no te voy a llevar –aclaró la rubia.

-¿Quién quiere ir a esa despedida, llena de minitas, que se creen pibas de veinte?

-Mejor que no quieras, porque no pensaba llevarte. Me voy –exclamó y caminó, directo a su novio y dejo un apasionado besos en sus labios, como si la mínima discusión que se había formado minutos atrás, no hubiera existido.

-Chau –le contestó Pablo.

Rocío pasó por el lado de Mariana, Lali pudo sentir su aroma, realmente se había perfumado. La rubia no salía muy a menudo, y cuando lo hacía, efectivamente, se producía en serio. Se oyeron los tacones de Rocío bajar las escaleras, caminar hacia la puerta y luego retroceder; Lali supuso que era porque se había olvidado algo, así fue. Después de unos segundos, aquel ruido a tacón se volvió a escuchar, a continuación las llaves y más tarde el auto que se iba alejando.

9 de febrero de 2012

4. No me falles.




Gastón acababa de ver a Mariana entrar a la casa de Eugenia, se le partió el corazón cuando comprobó que su chica le había mentido. Estuvo pensando en eso por minutos, sabía que le mentía siempre, pero ésta vez era diferente. Ella le había prometido que nunca más lo haría, no había cumplido su promesa y eso lo lastimaba. Reaccionó cuando la voz de Agustín interrumpió sus pensamientos.

-Che, man… En vez de tanto pensar, ¿Por qué no la llamás para que venga? –el cachetón ya se estaba cansando de esperar, todo por “la pendeja”.

-¿Si, no? Tendría que llamarla para aclararle como son las cosas. No me va a manejar –dijo decidido, aunque no se creía la mitad de lo que estaba diciendo.

Así lo hizo, al instante, mientras recibía el apoyo, en su espalda, de sus amigos. Cuando la morocha lo atendió, solo le comunicó lo que le quería decir y le cortó, en ese lapso no supo porque lo hizo, supuso que era porque hasta el momento, estaba enojado, o algo parecido.

Apenas la vio venir, supo que, seguramente, tendrían una discusión. Mariana tenía su personalidad, y siempre sabía que contestarle. Peleaban seguido, pero Gastón daba la vida por ella. Advirtió que se acercaba, vio como dio la vuelta al auto, abrió la puerta del acompañante, ya que sus amigos estaban en el asiento trasero, y entró al vehículo.

-Hola hermoso –lo besó, sin advertir la presencia de Agustín y Victorio, que miraban extrañados, podría ser una nena, pero era muy cariñosa con sus amigos, así les había dicho el rubio, eran solo eso, amigos.

-Gastón, no me avisaste, que venías con gente –apenas terminó de besarlo, le reprochó, le daba vergüenza que pensarán cualquier cosa de ella y el rubio.

-Son mis amigos Lali. Creo que ya te conté de ellos, como a ellos les conté de vos –esa naturalidad poco común en Gastón, se hacía presente.

-Y… ¿Qué les contaste? –preguntó enarcando una ceja, Lali ya no estaba con la sonrisa de siempre.

-La verdad, que sos una amiga –sabía que se enojaría si les hubiera dicho otra cosa; por más que el beso que había ocurrido anteriormente, fuera prueba suficiente, para comprobar que no eran sólo amigos, a ella le molestaría.

-Mejor –al cabo de segundos dio media vuelta y se dirigió a los amigos de Gastón- Soy Mariana, me pueden decir Lali- había vuelto la chica simpática. Una de las cosas que lo enamoraba de ella, era su capacidad para cambiar de opinión en segundos, aunque no resultaba muy a menudo en sus peleas.

-Escuchamos mucho hablar de vos, me llamo Victorio, mucho gusto –hablaba mientras sonreía, esa sonrisa que derretía a cualquiera.

-Es un placer, ¿Te puedo llamar Vico?

-Por supuesto, así me llaman mis amigos.

-Hola, disculpá que Vico sea tan descortés de no dejar presentarme, soy Agustín.

-Hola Agus –era fácil entrar en confianza, con chicos tan simpáticos.

-¿Desde cuándo tanta amistad entre ustedes? –Gas no podía disimular, era obsesivo, y más con sus amigos cerca de su chica.

-Desde ahora –habló Lali con su manera más frecuente.

-Sí, como sea –dijo sin darle demasiada importancia- Chicos, ¿Se bajan? Tengo que hablar con Mariana… a solas.

-Como quieras –de inmediato Agustín y Victorio se bajaron del auto.

-Me caen bien tus amigos, son simpáticos.

-No cambies de tema, sabes de lo que te quiero hablar.

-No te entiendo, ¿Qué pasó ahora?

-Me parece que ya hablamos esto, si dormís conmigo, quiero que te despiertes conmigo –hablaba serio, sabía que ella le parecía una estupidez, pero a él le importaba.

-Otra vez con eso Gasti, ya te dije que… -quiso seguir, pero el rubio la interrumpió.
-Ya sé lo que me dijiste, y yo te dije, que para mí era así.

-No tengo ganas de pelear, en serio, mejor me voy –las palabras eran como baldazos de agua, que no quería recibir. Había tenido un mal día.

-Vos no te vas a ningún lado, ¿Qué te pensás? –aunque le costara aceptarlo, la trataba como si fuera una nena.

-Pienso que si quiero me voy, vos no me mandás.

-Por supuesto que no te mando, pero por lo menos tené la consideración de escucharme. Por lo menos fingí que te importo, como vos me importás a mí.
-No empieces con la cursilería, por favor.

-Me mentiste –afirmó dolido- recién llegás, no estuviste acá.

-Enserio. No querés, ni te interesa, saber donde estuve, confía en mí.

-Yo confío, pero siempre me fallás.

-¡Ay Gastón! No seas tan dramático.

-Andáte –le dolía demasiado que Mariana le hiciera eso, él la amaba y parecía que a ella ni le importaba. Ya no la miraba a los ojos, ahora sus ojos estaban en el frente.

-Antes me pedías que me quede, ahora que me vaya, no te entiendo.

-Soy yo el que no te entiende.

-A lo mejor es tu culpa, por meterte con una pendeja como yo –así dejo dicha su última palabra, se bajo del auto, dando un fuerte portazo, como era costumbre.
Gastón vio como se alejaba, ni se acordó de preguntarle por el buzo, eso no era tan importante en ese momento. Antes lo dudaba, creía que podrían haber existido otras posibilidades, pero en ese instante se había afirmado a sí mismo que Lali no lo amaba. El rubio era sólo un juguete para ella.

Ella caminaba demasiado decidida, sabía que no era para tanto, es más sabía perfectamente que no tendría por qué enojarse. Ella se enojaba por pavadas, pero él le planteaba pavadas. No tenía ganas de hablar con nadie, de ver a nadie, de estar sola, pero le resultaría imposible. Odiaba haberle fallado, pero no había podido cumplirlo, no había hecho realidad su pedido: “No me falles”.

-¿Qué pasó “hermoso”? ¿Te dejaron plantado? –los amigos de Gastón ya se subían al auto, junto a él, y el cachetón no podía evitar reírse de su amigo.

-Plantado, podado y regado. ¿Pueden creer que no le importó nada de nada?

-Por supuesto que podemos creerlo. Viste Agus esas ganas de decir “te lo dije”.

-Dejen de burlarse, me acabo de dar cuenta de que a Lali no le importó, ni un poco.

-No dramatices amigo, obvio que le importás, sólo que ahora le molestó esto que le planteaste. Vas ver que va estar todo bien, y si no lo está, hay muchos peces en el río –cuando quería, Agustín, intentaba ayudar a su amigo.

-Además –prosiguió Victorio- si querés te presento una amiga, que no te la olvidas por nada del mundo.

-Ya les dije, no quiero saber nada de minitas –Gastón ya había arrancado el coche, y en unos minutos ya estarían llegando a su casa.

-Enserio te digo, esta noche inauguran un boliche por acá cerca, podemos ir, así te olvidas de “la nena”, aunque sea por un rato –prosiguió Vico.

-Yo te apoyo, dale Gastón, no seas aburrido. Al fin y al cabo, a Lali la conociste en un boliche, ¿quién te dice? A lo mejor encontrás a alguna mejor –si había fiesta, Agustín, no se la perdía ni en broma.

-No creo que exista otra mejor. Y no soy aburrido.

-Probálo –dijo desafiante Agus.

Los miró por un segundo y no pudo seguir negándose.

-Ok, voy porque tengo ganas, no es para demostrarles algo, pero no les prometo nada.

Se pusieron de acuerdo, invitarían a Nicolás también. Gas y Vico no eran de salir demasiado, no porque no les gustara, sino por una falta de tiempo, al igual que la mayoría de sus amigos. Muchos estudiaban, los que no, ya se habían recibido, y se dedicaban a trabajar, durante toda la semana. Una buena definición para ellos era la de “chicos maduros”. Y Gastón representaba un verdadero antagonismo frente a la juventud y rebeldía de Mariana.

2 de febrero de 2012

3. Decile adiós.



Eugenia estaba en su mundo, la música nunca se apagaba, y más si tenía sus auriculares a mano para poder casi escaparse, por un momento, de sus problemas. Por lo menos hoy, necesitaba hacerlo. La mayoría de sus días no eran del todo buenos, pero esta semana habían sido fuera de lo habitual. Primero, empezando por Matt, su novio, le había mentido, tenía otra; o en realidad ella era la otra. La típica indignación que se veía que las mujeres sentían en las películas románticas, no era ficción, era cierta, y en ocasiones como ésta, mucho peor. Sin embargo, ella había aceptado ser la segunda; una Eugenia de otra época jamás lo hubiera permitido, pero ésta estaba enamorada. Segundo, todavía recordaba las palabras de su mejor amiga diciéndole que no se rebajara, lo que causó otra de sus famosas peleas, por más que supiera que Lali tenía razón, su orgullo no la dejaba admitirlo.

Flashback:

-Por favor, Eugenia, no te rebajes, y mucho menos por Matt. No se lo merece. Decile “adiós” –por más que la morocha quería hacerla entrar en razón, la rubia era cabeza dura- Hacete valorar.

-La que decide si se lo merece o no, soy yo. Y creo que sí, que lo amo, y que le voy a dar una segunda oportunidad –a ella dando fundamentos nadie la vencía, pero se había olvidado que Mariana, cuando quería ganar, ganaba.

-Sería una segunda oportunidad si te hubiera pedido perdón, pero ni siquiera eso. Te dijo que estaban esperando un hijo. ¡Un hijo! Si por lo menos, no te importa discriminarte así, pensá que vas a destruir una familia.

-Sos la menos indicada para hablar. Lo mismo que me hace Matt a mí, se lo hacés vos a Gastón –ya estaba enojada, y no podía con su mal genio.

-¿Qué tiene que ver Gastón en todo esto? Lo del rubio es diferente –no entendía por qué su amiga salía con éstas cosas. Todas sus peleas habían sido por temas propios, y si bien ella la había empezado, jamás habían tocado en ninguna el tema “Gastón”.

-Sabés que no es diferente. Seguro sus amigos lo aconsejan diciéndole lo mismo que me estás diciendo a mí, que no se rebaje estando con vos.

-Él no se rebaja estando conmigo –Mariana jamás había visto la situación de ese modo.

-Yo tampoco me rebajo estando con Matt. Y ya te digo, que si vas a seguir criticándome, en lugar de apoyarme, allá está la puerta –dijo la rubia dejándole en claro cuál era su intención.

-¿Sabés qué? Chau, la verdad que no te entiendo, flaca –Mariana no era de rogarle a las personas, y menos por temas que no correspondían a su interés.
Sin decir nada más, se fue, no sin antes dar un fuerte portazo cuando atravesó la entrada, dándole por seguro, que sabía perfectamente donde estaba la puerta.

Fin del flashback.

Ahora, Mariana tocaba el timbre, pero la rubia no escuchaba, el volumen al 100% más la lluvia hacían que ningún sonido, excepto sus canciones favoritas de Miley Cyrus, llegaran al oído de Eugenia. Lali se estaba mojando, aunque la lluvia no era tan fuerte como antes, todavía humedecía. Tocó reiteradas veces, sin recibir respuesta. Al ver que nadie le abría, se tomó el atrevimiento de pasar por la puerta lateral, que sabía que Euge siempre dejaba abierta.

-¿No me pensabas abrir? –apareció de repente en medio de la sala, pero Eugenia no registro su presencia. Se atrevió a darle una suave palmada sobre su hombro, a ver si esta vez lo lograría. La rubia ésta vez, si captó su llegada.

-¿Qué hacés acá? –se había sacado los auriculares, apenas sintió que la tocaron. Cuando dio media vuelta, se encontró con su amiga, con una sonrisa, como si todo el enojo de aquella tarde se hubiera esfumado; si bien se habían peleado y no estaba dispuesta reconciliarse, todavía la consideraba su amiga.

-¡Wow! ¿Ni un “hola” me decís?

-¿Por qué debería decirle “hola” a una intrusa que entra a mi casa sin avisar? ¿Cómo entraste? –el enojo no había pasado, estaba todo como antes, por lo menos, hasta el momento.

-No soy una intrusa, soy tu amiga, y la única que sabe que dejas la puerta lateral abierta- ya estaba cruzada de brazos y sentada en el sillón de Eugenia, amaba ese sillón, por el hecho que era el primero donde podía recostarse sin escuchar la insoportable voz de su madrastra diciendo que arrugaba los cojines.

-Como sea. Voy por una toalla, estás toda mojada –se levantó de su lugar, para dirigirse al cuarto.

-¡Ay! Que considerada, no querés que me enferme –Lali se enterneció con la buena actitud de su amiga.

-Gracias por lo de “considerada”, pero no era por si te enfermabas, me estás mojando toda la alfombra y “mi” sillón –dio un giro y se fue a buscar lo antes dicho a la habitación.

-¡Ay! ¡Qué mala! –era cierto, Mariana en ocasiones podía ser muy madura, pero en otras era una nena con dieciocho años.

Cuando Eugenia regresó y le entregó la toalla que le había prometido, Mariana no espero más para pedirle el favor.

-Yo sé que vos y yo estamos un poquito peleadas, por una pavada, básicamente –decía mientras se secaba el cuello.

-Qué lástima que para vos mis sentimientos sean pavadas –habló la rubia, interrumpiéndola.

-Yo no quise decir eso –trató de excusarse como pudo, mientras se atajaba con sus manos negando.

-¿Para qué viniste? ¿Qué necesitas?

-Eugenia, ¿no me conocés todavía? ¿Qué te hace pensar que yo…? –preguntó señalándose- Mirá, si vos pensás que yo… Que Mariana Esposito pretende… -hablaba mientras se hacía la ofendida y la rubia la miraba con cara obvia- ¿Pedirte algo? -ya no necesitaba dar más vueltas- Necesito que cuando venga Gastón finjas como que está todo bien entre nosotras, y si pregunta si estuve con vos toda la mañana, le digas que sí. No es mucho lo que pido –habló muy rápido, sin embargo, su amiga le entendió.

-Lo voy a hacer, sólo si me contás qué hiciste y por qué le mentiste.

-Fui a una audición. Era sólo hoy, para la película, la de la cantante, que te conté –se entusiasmaba cada vez que hablaba de la cantidad de castings a los que asistía.

-¿Otra vez? Y… ¿cómo te fue? –Se sentó a su lado. Aunque quería mostrarse indiferente con su amiga y estar enojada, le resultaba imposible.

-Mal, me dijeron que me iban a llamar, pero viste como es.

-Entiendo que es tu sueño, pero, me parece que no es lo tuyo. Ya perdí la cuenta de cuántas audiciones hiciste. A lo mejor, si aceptás la idea de tu viejo, ingresás a la facultad de derecho y él te consigue laburo en su estudio.

-Puede ser, a lo mejor tenés razón, pero no me veo encerrada en ese estudio, atrás de un escritorio, todo el día.

“…I´m sexy and I know it…” era el teléfono de Mariana que estaba sonando, al ritmo de Lmfao, ringtone que cambió cuando venía en el coche con Pablo y no tenían tema de acuerdo en común.

-Mariana, estoy afuera, en la esquina ¿podés salir? –fue lo único que escuchó, al atender.

-Ahora salgo –le dijo a Gastón- parece, que no le vas a tener que decir nada a Gas, porque me está esperando afuera, y creo que está apurado –ya se dirigía a Euge.

-Buenísimo, odio mentir –dijo aliviada.

-Chau, nos vemos –Lali se olvidó de la pelea en el instante en que fue a saludar a la rubia. Luego de un beso en la mejilla de su amiga, se dirigió a la salida y la atravesó.