-No me jodas –era su voz,
siempre la recordaría y la reconocería -¿Qué
estás haciendo acá pendeja y con este? –preguntó una vez que ya había
girado, apartándola hacia un rincón, señalando a Gastón, mientras cruzaba sus
brazos. Susurraba al hablar, no deseaba que toda la oficina se enterara de sus
problemas, por supuesto, no quería que conocieran a “su problema”.
-Primero: “este” tiene nombre, se
llama Gastón –dijo enumerando con sus dedos y susurrando al igual que él- Segundo: no soy pendeja. Tercero y último:
vinimos a buscar trabajo para Gas.
-Cuarto y último –dijo Pablo
levantando el cuarto dedo de la morocha- Vinieron
a distraer a mi personal –dijo mostrándole como Gastón mantenía una charla
con la secretaria un tanto alejado de ellos.
-¡Gastón! –gritó la morocha
abriendo los ojos, por primera vez en su vida, un tanto celosa.
-¿Qué pasa? –preguntó acercándose
a ellos.
-¿Venís a buscar trabajo o a
chamullarte a la secretaria? –habló Lali indignada. Vio como Pablo y Gastón
la miraron levantando sus dos cejas- ¡Aish!
¡Es un chiste! No se lo van a creer... ¿o sí? –preguntó tratando de
disimular con una risa, lo que en realidad, habían sido celos.
-Miren, no me interesan sus
peleítas –dijo Pablo, en parte, salvando a Lali- Y Gastón, disculpáme, pero no necesitamos más empleados- si la
había salvado, la volvía a hundir.
-Pero Lali me dijo… -se detuvo
al darse cuenta de que la morocha no había arreglado nada con su cuñado, y
éste, ni siquiera estaba enterado.
-¿Qué le dijiste? –preguntó
Pablo a Mariana, quien no llegó a contestarle porque fueron interrumpidos por
Daniela, que le advertía a su jefe, que los funcionarios franceses ya se
encontraban en el lugar.
-Bonjour –les dijo Pablo,
apenas los vio llegar.
-Bonjour –respondió uno de los
dos señores estrechándole la mano.
-Un plaisir de rencontrer –respondió
el morocho, con una sonrisa, obviamente fingida. Amaba su trabajo, pero, éste
tipo de empresarios, lo irritaban un poco. Además, se encontraba un poco
nervioso, por el caos ocasionado en la agencia.
-¿Y estos quiénes son? –dijo
Mariana, al ver que no entendía la conversación existente.
-Qui est elle? –preguntó uno
de los señores tratando de averiguar quién era esa bella mujer que lo
acompañaba.
-Elle est... –Pablo hizo una
pausa para pensar la respuesta y continuó- ...mon
nouveau secrétaire –explicándoles que ella era su nueva secretaria- En fait… Elle est responsable du café –sería divertido
jugar con ella un rato. Le divertiría tenerla como “mucamita”.
-¿Qué les dijiste tarado?
–había preguntado Lali, que había notado algo extraño en la sonrisa canchera de
Pablo; pero ya era tarde, los franceses, con un español improvisado, con mezcla
de inglés, le estaban pidiendo un café.
-Y para mí, whisky doble, por favor
–dijo Pablo sonriendo, mientras invitaba a los señores a ingresar a su office.
-¡Borracho! –le gritó,
mientras se alejaba.
-Que voulait-il dire?
–preguntó un señor pidiendo la traducción.
-Que Retourne immédiatement
–dijo el peli claro entrando, al fin, con los demás, diciéndoles que Mariana,
regresaba enseguida.
Gastón le dijo que tenía que irse y se fue, así como si nada; ella le
había rogado que no la dejara sola, pero éste le había comunicado que tenía
sólo el resto de la mañana para conseguir el trabajo, que ella no había podido
conseguir. Le preguntó a Daniela que debía hacer, pero ella, aprovechando que
Pablo no la había tomado a ella, ni pedido nada, anunció que era su descanso y
que no podría ayudarla, sin más, abandonó el lugar. “Estoy en el horno”, pensó Mariana, aunque después se autocorrigió “Está en el horno”. Se dispuso a
preparar el café que le habían pedido, si quería vengarse, tendría que hacerlo.
-Acá están los cafecitos –dijo
Mariana, entrando con una sonrisa y la bandeja, a la oficina de Pablo, por
supuesto sin golpear.
-La próxima vez, tocá, por favor.
Podríamos estar tratando algo importante –la reprimió cordialmente Pablo.
-No te preocupes por ser amable,
no me entienden a mí, tampoco a vos –dijo mientras dejaba la bandeja sobre
la mesa.
-Uno para usted –dijo
entregando uno de los cafés a uno de los hombres- Otro para usted –dijo dando otro- Y el último para vos… idiota –dijo casi tirándoselo encima.
-Yo no te pedí esto, Mariana
–le habló “su jefe”, por el resto de la hora.
-Yo sé lo que me pediste, pero no
tenía ganas de traerlo –dijo esto y regalando otra de sus características
sonrisas, se retiró.
-Est Belle –comentó uno de los
presentes, mientras miraba su “espalda”, mientras se iba.
-Est sympathique –ironizó Pablo, cosa que los hombres no notaron, se
atrevían a mirarla descaradamente, cosa que él hacía cuando nadie lo advertía.
Así culminó la charla sobre “ella”, para continuar con la reunión.
Necesitaba convencerlos por completo, y si todo seguía como hasta el
momento, seguro lo conseguiría. Los había dejado solos en su oficina, para que
lo charlaran a solas, por más que el peli claro, intentara escuchar a través de
la puerta que es lo que decían.
-¿Sabías que es de mala educación
escuchar detrás de las puertas? –Apareció Lali, tras él- Además de, prácticamente obligarme a ser tu
secretaria, cosa que me vas a tener que pagar. Te aviso –le advirtió.
-¿Te podés callar? Estoy nervioso
–dijo poniendo sus manos en los hombros de la morocha, haciendo que se moviera.
-¿Estás nervioso por qué tenés
miedo de lo que te diga tu viejo… -preguntó mirando la cara de enojo de
Pablo…- o porque estos tipos te van a
estafar?
-¿Qué decís? ¿Cómo me van estafar?-
dijo descreído- Y encima a mí.
-Pablo, son chantas. Hasta yo me
dí cuenta como me miraban –dijo obvia- Hablarán
mucho francés, pero son argentos, de acá a la China y a Francia también.
-Mariana, no digas estupideces
–dijo escéptico. Si había notado como la miraban esos desconocidos, y sólo en
una oportunidad, seguramente lo habría advertido de él. No sabía por qué en ese
momento, le importaba más eso que lo que su cuñada le advertía. Después de
decir esto se fue en otra dirección, Mariana, no supo a dónde, ese lugar era
enormemente gigante.
La puerta estaba allí, del otro lado, los “chantas”, según los había
apodado ella. Simplemente la atravesó, no podía hacer más. Decidió ser su
secretaria para vengarse, pero, finalmente, lo haría para ayudarlo.
Cuando Pablo ingresó a su oficina para, después de todo, firmar el
contrato, vio lo que jamás imaginaba que iba a ver. Allí estaban los,
aparentemente, franceses, con sus whiskys en la mano, sumamente borrachos. Al
frente de ellos Mariana, quien sentada en su silla, había desprendido los
primeros botones de su camisa, dejando ver su corpiño, logrando lo que quería.
“Que buena que estás” “Te parto”, se los escuchaba decir.
-Te lo dije Pablito –dijo
parándose y acercándose a él, cosa que hizo que éste no pudiera evitar mirar un
tanto debajo de su cara- Estos son
argento, de acá a Francia.
