29 de junio de 2012

19. Perfecta.




-Una semana. No puedo creerlo –comentaba emocionada Rocío, mientras abrazaba, por detrás, a Pablo.

-Creéme, yo tampoco –comentó desinteresado él.

-¿No estás emocionado? –Le preguntó la rubia con una sonrisa- Yo, estoy que me muero de ansiedad –decía con una sonrisa en su rostro.

-¿Lali está acá? –preguntó, casi ignorando la pregunta de la rubia.

-Sí, está en su cuarto. Obviamente. Si está, está sola –ella, sólo hizo una pausa. Le extrañaba que por primera vez, la llamara como ella quería que la llamen. Mariana siempre exigía que le dijeran “Lali”, y Pablo, siempre evitaba llamarla así- ¿Por qué? –preguntó mientras enarcaba una ceja extrañada.

-Por nada, sólo preguntaba –evadió a su novia, rápidamente. “Tenés que hablarlo con ella”, las palabras de su mejor amigo, resonaban en su cabeza. No podría seguir evitándolo, por más, que no estuviera seguro de que diría ella, ni él tampoco.

-Últimamente, sólo preguntás por ella –vio la cara de descontento de Pablo y le dijo- Era un chiste, mi amor.

-Tengo que hacerlo –pensó en voz alta, casi sin escucharla.

-¿Qué cosa? –interrumpió sus pensamientos Rocío.

-Ehhh… Tomar una pastilla, para el dolor de cabeza. Me molesta, un poco –prácticamente, no le mintió, le dolía un poco la cabeza.

-¿Querés que se la pida a Norma? –preguntó, mientras acariciaba su mejilla.

-No dejá, voy yo. Gracias –le dijo, mientras miraba sus ojos. Sin duda esa mujer, lo amaba, esperaba y deseaba casarse con él, con todo su corazón. Pablo lo advertía desde el día que le propuso casamiento, y la rubia no dudó en aceptarlo, no pensó demasiado, le asintió y lo besó. Jamás podría pasar por alto el amor que ella le tenía.

-De nada. Te amo –dijo depositando un suave beso en los labios del hombre.

-Yo también –dijo, y después, ella se alejó. Tenía que encargarse de los detalles de último minuto para la boda. Se despidió con una sonrisa, y desapareció  por detrás de la puerta.

Ahora no podía dudarlo, tendrían que hablarlo, tarde o temprano. No podrían hacer como si nada hubiera pasado. Simplemente, olvido la pastilla, y el dolor de cabeza, alzó su mirada al pasillo que continuaba de la escalera y divisó la puerta abierta de su cuarto, la luz encendida y algo de música, que sorprendentemente, no estaba a todo volumen. Caminó decidido hacia las escaleras y atravesó el pasillo para dirigirse al cuarto de Mariana. Ella estaba concentrada, escribía en su computadora, mientras la música sonaba de fondo. Pablo sólo tocó la puerta, por más que estuviera abierta, se había acostumbrado a tocar, tal como a Lali le gustaba.

-Deja la bandeja por ahí, Norma –dijo mientras señalaba su escritorio, sin levantar la mirada de su laptop- Y… -levantó la vista, y notó que estaba equivocada- ¿Gracias? –Preguntó sorprendida, tratando de terminar la oración que había comenzado- Creí que eras Norma. ¿Necesitabas  algo?

-No soy Norma, pero si lo fuera te diría que hagas un poco de espacio en el escritorio, porque no hay lugar para un alfiler, mucho menos, para una bandeja –dijo mientras señalaba el desorden que Lali, acostumbraba a tener, para después acercarse a dicho escritorio- ¿Son canciones? –dijo mientras tomaba un papel en sus manos.

-¡No toques! –gritó inmediatamente. Si había algo, de las tantas cosas que le molestaban, era que tocaran sus cosas. Se levantó de un salto de su cama, para arrebatarle el papel de su mano.

-Sólo quería ayudarte a ordenar –le explicó él.

-No quiero que me ayudes en nada. Es más, quiero que estés lejos de mí, y que no te acerques a, por lo menos, cien kilómetros a la redonda –le pidió con una sonrisa irónica. Siempre esa costumbre de defenderse, aún, cuando nadie la atacaba.

-¿Hasta cuándo vas a seguir actuando como si no hubiera pasado nada?

-No entiendo de que me hablás –esquivó su mirada y volvió a su posición inicial, en la cama.

-Entendés muy bien de lo que te hablo –inmediatamente, cerró su computadora para tirarla al sillón que se encontraba a la derecha de la cama, y sentarse en su lugar.

-¿Qué hacés? La vas a romper.

-No me importa la computadora. Me importa hablar con vos.

-No tengo nada que hablar con vos.

-Ah… ¿Mirá vos? –Ironizó- No me interesa, vamos hablar igual.

-¿De qué querés hablar? –Preguntó, mientras cruzaba sus brazos y sus piernas también- ¿De mi vida? Está muy bien, hace una semana empecé en la Universidad, decí que mi viejo no se enteró porque sino… -no pudo continuar porque fue interrumpida.

-¿Es un chiste? No podés evadir todo en tu vida –dijo, un poco enojado- Nos besamos. Me besaste.

-Eso sólo fue una confusión. Nada más –minimizó ella.

-Te vivís confundiendo. Ese es tu problema.

-¿Yo me confundo? –Preguntó Lali, también, un poco enojada- Lo admito, te besé, pero vos también lo hiciste.

-¿Y qué querías que hiciera? –dijo mientras levantaba ambas cejas.

-Mmm… No sé. Lo que haría cualquier hombre que no está interesado en mí y que está enamorado de su novia.

-Mirá si no te alejé fue por… -fue interrumpido antes de que pudiera seguir hablando.

-Porque te gustó, te gustó el beso y te gusto yo –los roles se invertían, ahora, Pablo, disminuía la situación, y ella, siguiendo el consejo de su amiga Eugenia, iba de frente y encaraba las cosas directamente. Él no le respondía, entonces, volvió a hablar- Tomo tu silencio como una confirmación.

-Mariana, está mal. Vos no podés, yo tampoco.

-¡Ay Pablo! Siempre me tengo que animar yo.

-¿A qué? –Lali no lo dejó pensar demasiado, tomó su cuello para acercarlo más a ella y lo besó. A Pablo, lo tomó de sorpresa, pero siguió el beso, no podía resistirse a sus labios. Si los había probado, no podría olvidarlos jamás, ese había sido su error.

Lali, se moría de ganas de decirle que Rocío hacía lo mismo, pero entendía que por más que fuera así, seguía estando mal. Y por más que estuviera mal, no podía separarse de él, ni tampoco, quería.

El beso, ya no era uno más. Ambos lo disfrutaban, el beso era desesperado, pero al mismo tiempo, deseado. Mariana, comenzó a recostarse para encontrar más comodidad, pero no se separaba ni un milímetro de él. Lo atraía hacia ella, y Pablo no se resistía. No querían hacerlo, ninguno de los dos, querían alejarse. Debían hacerlo, la puerta abierta, más la música, eran un complemento perfecto para no pasar desapercibidos.

Pablo, prácticamente sobre ella, la agarraba fuerte de la nuca y la cabeza; mientras que la morocha, lo imitaba. Se oyeron los pasos de Norma, que se acercaba al cuarto, seguramente con la merienda que Mariana le había pedido hacía ya, unos minutos. Ella lo separó, bruscamente, de ella, con un empujón, mientras limpiaba sus labios. Pablo, también lo hizo.

-Señorita, su merienda está lista–apareció frente a ellos, la mujer, cuando Pablo, ya estaba de pie, junto a la cama; y Mariana, sentada sobre ella- ¿Todo bien por acá? –preguntó, mientras intentaba hacer espacio sobre el escritorio, para depositar la bandeja, y los miraba de reojo.

-Sí –contestaron a dúo, Pablo y Lali- Perfecto –le confirmaron, mientras se miraban, aún agitados.

-Permítanme decirles que es un poco extraña ésta situación –comentó mientras apenas, reía.

-¿Por qué lo dice Norma? –se atrevió a hablar Pablo, revoleando los ojos.

-Tenía entendido que no se llevaban muy bien ustedes, pero... –trató de explicarles.

-No estábamos haciendo nada. Estábamos… charlando –se defendió Mariana.

-Lo entiendo –dijo la mujer, para dar media vuelta, y dirigirse a la cocina, mientras limpiaba sus manos con el delantal.

-Lali... –intentó hablar el peli claro.

-Te fuiste –le dijo ella, e inmediatamente, lo empujó hacia la salida.

-Qué loca es –susurró, ya afuera de la habitación, detrás de la puerta. Mientras que su mente y su corazón le repetían una y otra vez que no era tan así y que Lali era perfecta.

La situación era tan conflictiva, como perfecta. Y por más que seguían y seguirían confundidos por mucho más, sabían lo que querían; y no eran precisamente, Rocío, ni Gastón. No era algo superficial, era algo más allá. Algo perfecto, que tardaría en llegar.