10 de enero de 2012

I. Lluvia de verano.


Hablaba con su amigo Nicolás del tema, sabía que necesitaba hacerlo con alguien. Ella se había ido sin avisar, ni un mensaje le había dejado, y eso le molestaba tanto; no porque fuera posesivo (que si lo era), sino, porque lo había hecho tantas veces que estaba cansado de repetirle las cosas.

-Es enserio –dijo con una seguridad que no lo caracterizaba.

-No estoy seguro, cabe la posibilidad de que estés confundido –Nicolás no era bueno dando consejos, mucho menos, apoyando a sus amigos. Todos lo querían por ser así, tan simple y tan sencillo, Nicolás.

-Me está volviendo loco, no la entiendo, y no la voy a entender, jamás en la vida –sonaba preocupado, como cada vez que hablaba de ella. Ella no quería manejarlo, pero él estaba a sus pies, perdía la cabeza por ella, y a ella le encantaba.

-Llamála, puede ser que haya tenido cosas importantes que hacer –por primera vez el rubio con rulos calmaba la situación.

-Si hubieran sido importante, me hubiera contado.

-Y lo decís porque ella te cuenta todo. ¿No? –Nico quería demostrarle a su amigo que estaba equivocado, aunque él tampoco confiaba en sus propias palabras. No lo lograba de otra manera, amaba las ironías y lo hacía notar en cada segundo en que hablaba.

-No me estás ayudando Nicolás. Y por más que no tengas razón, la voy llamar ahora –lo dijo, y no dudó en hacerlo. Tomó su teléfono, nunca lo soltaba, era como su tercer brazo.

La llamaba, pero no contestaba, nunca contestaba. Gastón sabía que no iba a contestar, pero lo intentó, tantas veces que se hartó. No quería hacer, ni decir nada más. Nicolás ya se había ido, no tenía a quien reclamarle, ni con quien quejarse. Le dejó un mensaje en el contestador, pero dudó que Mariana lo escuchara, ella tenía la maldita costumbre de borrar todos los mensajes antes de escucharlos. No sabía por qué, creía que era una manía de la gente más joven, que no se percataba de que podría ser algo importante.

Mariana estaba nerviosa, abrió la boca y su voz no salió, pidió permiso para tomar un vaso de agua, aunque no creía que eso la ayudaría.

Retomó su lugar frente al micrófono, sobre el escenario improvisado. Creía que por fin podría vencer el miedo que le provocaba el señor de traje gris humo, pero al intentarlo, tampoco lo consiguió. Ésta vez no era su culpa, sino de su teléfono que no paraba de sonar. Torpe y alborotada, como siempre, fue corriendo a detenerlo, era tarde y el sonido ya había cesado, lo observó, muchas llamadas perdidas de Gastón, muchas llamadas que no escuchó porque llevaba su celular en el interior de su cartera.

-Deberías decirle a tu novio o quien sea, que te llame más tarde –el señor que hacía las audiciones se estaba cansando de esperarla, tenía muchas que hacer por el resto de la tarde. Era sábado, y no era un día más.

-Sí, por supuesto –Mariana no dijo nada más, sólo sonrió, sabía perfectamente que podía ser la oportunidad de su vida y no la iba a desperdiciar, por más que fuera por su rubio.

Mariana sonrió, cantó y brilló, como sólo ella podía hacerlo. Ya se encontraba esperando el resultado, nerviosa, el hombre se le acercó con una sonrisa dibujada en su rostro, ella esperaba lo mejor, creía que la iban a felicitar y le iban a decir que quedaba para hacer una segunda prueba; pero estaba errada, no la felicitaron, no le dijeron que iba a hacer una segunda prueba. Un simple “Te llamamos” hizo desaparecer sus esperanzas. Siempre era la misma rutina; cantar, esperar nerviosa, creer que sí, y finalmente no; llegaba esa típica frase, que nadie cumplía cuando la decía. Era rutina, que como una lluvia de verano, repentinamente, se cambiaran sus planes; y el sol despareciera de la nada. Así le había enseñado la vida desde que era una niña, y realmente, estaba acostumbrada; por más que pronto llegaría ese arco iris que siempre había soñado.

Apenas salió del lugar, recibió otra llamada, era obvio de quien venía. Por un momento, consideró no contestarle, pero recordó la última ocasión en que no le respondió. Se había enojado, y mucho. A Mariana le parecían cosas, insignificantes, Gastón se enojaba por estupideces: porque no contestaba sus llamadas, por llegar tarde a una salida, por salir sola, por irse a la mañana sin despedirse. Ella no lo veía así, era libre, como todas y todos. No comprendía como un ser se ataba a otro, con un lazo invisible. Su lema era “No atarse a nada, ni a nadie” y Gastón no lo entendía. Atendió, lo único que podía hacer era escuchar, ya que, el rubio no le permitía emitir palabra.

-Mariana, ¿dónde estás? –por la manera de hablar se notaba que estaba muy enojado, y ella lo advirtió.

-¿Qué pasa? Anoche me llamabas Lali, y no Mariana –pudo responderle, cuando Gas respiró e hizo una pausa. Trató de decirlo con humor, pero a Gastón no le causó gracia.

-Anoche, no estaba tan necesitado de hablar con vos. ¿Dónde estás?

-En lo de Euge, ¿por qué? –lo dijo inmediatamente. No sabía por qué, pero tenía el instinto de mentirle, no le quería decir la verdad.

Aunque Gastón amaba la música, creía que no era una de las mejores opciones para ganarse la vida, y Lali no quería tener otra discusión con respecto al tema.

-Voy para allá –dijo de inmediato, y cortó, cosa que no dejó a Lali decir, ni opinar, absolutamente nada.

-¡No! ¡Espera!... ¡Me cortó! –Mariana quiso frenarlo, pero fue en vano, porque Gastón ya había cortado.

Gastón, inmediatamente al cortar, subió al auto, no sin antes llamar a sus amigos, no sabía por qué, pero necesitaba que lo acompañen. Al poco tiempo, ya estaban todos listos. Su vehículo estaba estacionado a una cuadra de la casa de Eugenia, quería ver cuando su novia, o lo que en realidad Lali fuera de él, entrara al lugar. Estaba casi seguro que era lo que iba a pasar. La conocía demasiado, y sabía perfectamente que la morocha le había mentido.

Lali no sabía qué hacer, no quería pelearse otra vez con Gastón, lo quería, y era una de las pocas personas con las que se sentía cómoda de verdad, era importante en su vida; y por más que ella había ocasionado el problema, no quería perderlo. Y aunque significaba todo eso, y mucho más, no sabía por qué le mentía, no podía evitarlo. Apenas le cortó, salió corriendo en dirección a lo de la rubia, aunque se habían peleado la semana pasada, sabía, o creía, que su amiga no la iba a dejar en banda. Corría y corría, sin embargo era inútil, nunca iba a llegar a tiempo, se encontraba a más de cincuenta cuadras y un taxi no era una opción, no veía ni siquiera uno.

-¡Lo que me faltaba! ¡¿Es enserio?! –unas gotas se hacían presentes, que de a poco aumentaban hasta convertirse en una lluvia casi torrencial.

Mariana se desesperó, si no había encontrado un taxi previamente, ahora menos lo conseguiría. Trató de cubrirse con su bolso encima de su cabeza, pero le resultó imposible frenar el agua. Se maldijo a si misma cuando recordó que había olvidado su paraguas y sólo había tomado ese piloto que por más que lo llevaba puesto no impedía que el agua humedeciera su ropa. Una lluvia de verano, como tantas otras, llegaba a su vida.

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