Gastón la seguía esperando, con sus amigos, Agustín y
Victorio. Estaba arrepentido de haberlos llamado, cualquier amigo lo hubiera
apoyado, pero eran ellos, más que apoyarlo, se burlaban de la situación:
Gastón, tarado, por una nena que lo llevaba de las narices.
-No es tan chica, si se ponen a pensar –siempre la defendía, no
importaba lugar, hora, ni fecha, ni siquiera que estuviera muy enojado con
ella. ¿Explicación? Estaba enamorado.
-Sí, seguro. No es una nena, pero tiene dieciocho,
se enoja por cosas sin importancia. Es obvio, que no es una nena –Agustín disfrutaba de
molestar a Gastón, era su amigo, pero le divertía demasiado. Gastón sabía que
en el fondo, lo hacía porque lo quería.
-No Agus, el que se enoja por cualquier cosa es él,
no la nena. Si no, ¿por qué estamos acá? –enseguida consiguió la
complicidad de Victorio, quien lo dijo, seguido de una carcajada.
-¡Basta, no le digan “nena”! –Gastón, ya se estaba
cansando de las bromas de sus amigos. Estaba preocupado, suponía,
correctamente, que la lluvia era un obstáculo para Mariana y que por eso se
había retrasando.
-Está bien si querés no le digo “nena”, le digo
“mujer”, y de las más buenas que vi –ya saltaba la debilidad por las mujeres de
Agustín. Las “minitas”, como las llamaba él, eran su perdición.
-Callate, ¿querés? –el rubio le contestó de
mala manera, antes de notar que su amigo no conocía Lali y era imposible que
supiera lo bella que era. Estaba a punto de decírselo, pero notó que Agustín
estaba mirando hacia donde él miraba hace un rato.
Allá estaba Lali, tan hermosa como siempre, se bajaba de un
auto muy ostentoso, que no recordaba de donde lo conocía, mientras… ¿veía bien?
Sí, se ponía un buzo azul, y lo más importante, no era de ella, se distinguía a
lo lejos que era de un hombre, le quedaba enorme. La vio saludar al conductor
del auto, quien no permitía que fuera visto su rostro, gracias a los vidrios
polarizados. Mariana le lanzó un beso al desconocido, porque, según suponía
Gastón, era un hombre, y el dueño del buzo azul.
Minutos antes:
Mariana creía que estaba perdida, Gastón ya le había
perdonado muchas, y pensaba que ésta oportunidad sería la excepción. Escuchó un
chistido a sus espaldas, actuó como si no hubiera pasado nada, pero lo volvió a
oír.
-Che, Lalita, ¿te querés seguir mojando? –por fin el chistido
molesto se transformaba en voz, y por suerte era una conocida.
-¿Y qué te hace pensar que sí? –dijo dando media vuelta,
odiaba cuando la llamaban así.
-No sé, claramente, te hacés la que no escuchás.
-Mirá estoy apurada, me estoy mojando, y no es uno
de los mejores días de mi vida, así que hablá, Pablo –aunque lo iba negar a
muerte a quien se lo pregunte, estaba fastidiada por la prueba, hubiera jurado
que hoy si la aceptarían.
-Te llevo, obvio, si querés. ¿Querés?
-Por favor, gracias –Mariana se encontraba tan
desesperada, que aceptó la propuesta, por más que fuera de parte del intratable
de Pablo, con quien no tenía las mejores de las relaciones.
Ya en el auto, Mariana y Pablo, peleaban, discutían, como
cada vez que estaban juntos.
-¡Te digo que sí! –“la petisita”, como él la
llamaba, era polvorita y no se callaba, absolutamente nada, por más que Pablo
tuviera casi más de diez años que ella.
-Por favor, ¿quién te lo compró? ¿Tu novio raro? –señalaba de manera
desagradable.
-Primero, no es mi novio, y segundo, me lo compré
yo misma, no necesito de nadie para saber cómo y con qué vestir –le molestaba que Pablo no
le creyera que el vestido para el casamiento del peli claro se lo había elegido
ella misma, le molestaba todo lo que viniera dirigido de él. Le extrañaba que
se hubiera ofrecido de manera tan oportuna a llevarla a su destino, le
extrañaba excesivamente.
-Claro, se nota. Por cierto lindo, lindo… -buscaba las palabras para
describir lo que Mariana llevaba encima de su ropa, pero no las encontraba.
-Es un piloto, anunciaron tormenta y como tenía que
salir, lo tomé. Y… ¿qué estoy haciendo dándote explicaciones de cómo me visto a
vos?
-Por supuesto, se la tendrías que dar a tu novio y
no a mí.
-Está muy claro que nunca superaste esa etapa de
los veinte, en que lo único que importa es hacerse el canchero.
-Yo no la superé, pero vos ni siquiera la
alcanzaste. Así, que no opines. ¿Tenés frío?
-Un poco –reaccionando- ¿Qué tiene que
ver eso con lo que estábamos hablando?
-Nada, pero si querés, te lo presto –dijo señalando un buzo
azul que se encontraba en el asiento trasero del vehículo, mientras continuaba
conduciendo hacia el destino que Lali le había indicado.
-No entiendo nada. ¿Qué te hizo la rubia,
que estás tan amable?
-No me hizo nada, soy amable
porque soy amable –pasaba algo extraño, Pablo no era así, y mucho menos con
ella; es más, si podía ser mucho peor, lo era.
-Como sea… ¿Te podés apurar que voy a llegar
tarde? –Mariana se irritaba de a poco.
-Me apuro, pero no me contestaste.
-¿Qué cosa?
-Si querías que te preste el buzo
o no, y como tu respuesta a mi pregunta, sobre si tenías frío fue “un poco”, me
imagino que la respuesta a ésta va a ser un “sí”. ¿O me equivoco? –lo dijo
calmado, como para que Lali entendiera lo que le quería decir. La miró con sus
ojos tranquilos, diciendo todo lo que su voz no podía decir, lo que ella no
captó, y Mariana no lo pudo decodificar más que como un gesto soberbio de su
parte.
-No me mirés así.
-¿Cómo?
-Así –lo señaló- Como si supieras todo lo que quiero, o lo
que te voy a decir.
-No sé lo que me vas a decir, pero si querés agarralo porque
ya llegamos.
Mariana agarró el buzo azul, se quitó el piloto y se lo puso mientras
descendía del coche, un simple y bajo “chau”, casi imperceptible, se escuchó de
parte de ella. Sin embargo, Pablo lo oyó y le contestó con otro “chau”, como si
la despidiera para toda la vida, seguido de un “cuidáte”, que a Mariana le
encantó oír.
-Gracias por, por… traerme y por el buzo. Sos lo más –lo despidió con una
sonrisa, ya abajo del auto, le lanzó un beso; no supo porque lo hizo, sólo tuvo
el impulso de hacerlo. Lo saludó levantando la mano, dio media vuelta y se
dirigió a tocarle el timbre, a quien por ahora, era su mejor amiga. Mientras pensaba en el por qué su cuñado, que
se casaría con su hermanastra Rocío, la había tratado con tanta simpatía y
amabilidad.


